Las ciudades invisibles

Las ciudades sutiles. 4

La ciudad de Sofronia se compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el haz estrellado de sus cadenas, la rueda con sus jaulas giratorias, el pozo de la muerte con sus motociclistas cabeza abajo, la cúpula del circo con su racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades está fija, la otra es provisional y cuando ha terminado su tiempo de estadía, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad.

Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, deshacen los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y empieza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que la caravana regrese y la vida completa vuelva a empezar.

 

Hace un mes más o menos (los días corren como alma que lleva el diablo) leí Clásicos para la vida, la recopilación de una serie de artículos publicados por Nuccio Ordine que a su vez nacieron de un proyecto llevado a cabo en la Universidad de Calabria, donde es profesor de Literatura Italiana. Dichos artículos se apoyan, cada uno,  en un fragmento de una obra clásica de la literatura universal. Todos los artículos son maravillosos y, como pasa leyendo a Harold Bloom, te crea la imperiosa necesidad de leer cada libro que allí se nombra.

Pues bien, fue leer el correspondiente a Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y ya estaba yo comprándolo. Una vez en mis manos, confieso que me dio cierto reparo empezarlo, tan altas eran las expectativas que me había creado el señor Ordine y las referencias que había buscado en internet. Pero bendita la hora en que las vencí a todas: se trata de un libro bellísimo, sumamente poético, poco más de cien páginas en las que Calvino pone en la voz de Marco Polo la descripción de una serie de ciudades imaginarias que el viajero refiere a Kublai Kan. Todas las ciudades nacen de la imaginación de Polo, pero todas ellas son parte de las ciudades que ha conocido o conocerá. Todas tienen nombre de mujer.

Ya os digo que el libro es un puro disfrute, aunque creo que yo tenía un disfrute añadido: desde la primera descripción de la primera ciudad empezaron a venir a mi mente las preciosas y preciosistas ilustraciones de mi querido José Alberto López, sus colores, sus arquitecturas exquisitas. A cada nueva ciudad que visitaba de la mano de Calvino-Polo, lo hacía también del brazo de José Alberto, y uno complementaba al otro de manera tan sutil y bella que sé que la única manera de haber disfrutado más el libro hubiera sido teniendo una edición ilustrada por Jose.

P.D.: Hasta aquí tenía escrito y preparado para colgar un día de estos. No se me ocurre fecha mejor, sabiendo que hoy es su cumpleaños. ¡Por muchos años feliz, querido José Alberto!

 

 

Continue reading

, , , , , ,

Moliendo café (3)

¡Ay, que hace dos meses que no os cuento nada y estaréis con las carnes abiertas por conocer el desenlace (en el supuesto de que quede alguien leyendo esto, claro, que con la actividad que tiene últimamente…)!

A los dos días de la última entrada nos dijeron Mañana viene el Sr. Starbucks, así que el señor Marcilla terminó de recoger las tacitas que le quedaban, esperó a que llegara el nuevo para indicarle dónde están guardados los filtros del café e hizo un magistral mutis por el foro, con una amplia sonrisa que lo mismo podía ser de alegría porque al fin se libraba de nosotros o maléfica por el marrón (marrón café solo) con el que se quedaba el nuevo dueño del cafetal.

En fin, que aquí estamos, dos meses y algo después. Han cambiado algunas cosas en el cafetal. Por ejemplo, ahora hay más corrientes de aire porque las puertas siempre están abiertas. También hay menos intermediarios, o, en verdad hay los mismos, pero no son muros infranqueables. Nos hemos dado a la vida más tecnológica y, ¡albricias!, el nuevo equipo cafeteril sabe hacer alguna cosa más con un ordenador que dar click y doble click..

Seguimos haciendo las mismas horas que un cuco en un reloj suizo, pero ahora, además de contar cápsulas, las pintamos de colores… ¡Pero si hasta hubo un día en que se nos llenó el cafetal de perretes (de los de verdad)!

Dos meses han dado para esto y alguna cosa más. Os seguiré contando entre frappuccino® y frappuccino® …

 

Continue reading

,

Moliendo café (2)

s-l300

Nada, seguimos igual. Sin noticias de Gurb, o más bien, Esperando a Godot. El predecesor del señor Marcilla no llega. Y no sólo no llega, sino que ni sabemos quién será. Las uñas por los codos ya. Que leer el BOC (Boletín Oficial del Cafetal) cada mañana se está volviendo más apasionante que ver Juego de Tronos. Y la expectativa por la nueva temporada, igual de ansiosa. Eso sí, sin filtraciones ni spoilers, tan solo algunas conjeturas que llegan hasta los papeles, nada fijo, nada seguro.

Y mientras sigue esta espera en el cafetal, nos hemos dado al café con hielo. En vaso grande (de por qué si en google pongo vaso grande el primer resultado es bazo inflamado: síntomas y tratamiento, hablaremos otro día).

 

Continue reading

, , , ,

Moliendo café

taza_nudillo

Como bien sabéis, el señor Nespresso le hizo al señor Saimaza una moción de censura que le ganó, y como consecuencia de ese cambio de dueño del gran cafetal, cada cafetal molón y pequeñito del mundo llevamos días a la espera de que también nos cambie el dueño. Muchos días de espera, por cierto. Y como cuando espera, la gente se aburre mucho, pues empieza a pensar. Y eso es lo peor que le puede pasar a un aburrido, que se ponga a pensar, porque no tiene costumbre de hacerlo y le salen unos churros impresionantes.

No sé cuántas veces hemos tenido que aguantar la batería de preguntas ¿se sabe algo? ¿todavía está el señor Marcilla? ¿sabéis quién viene? Cuando las contestamos la gente se nos queda mirando así con la cara de medio lado, los labios apretados en una mueca torcida y los ojos entrecerrados, como queriendo averiguar dónde le hemos dicho la mentira. Como si tuviésemos necesidad de mentir a alguien. Bueno, sí, a algunos sí. Pero sólo por echarnos unas risas, que conste.

Luego están los que no preguntan porque no les hace falta: ellos lo saben todo y la Sibila de Delfos y la de Cumas les consultaban día sí y día también. Así, tajantemente y con la nariz apuntando al cielo, afirman que vendrá el señor Ristretto, porque al señor Latte Macchiato le venía mal hacerse cargo ahora del cafetal, por muy molón que sea.

Y entonces, cuando ya se ha elucubrado lo suficiente sobre la identidad del nuevo dueño de este cafetal molón y sobre cuándo será que llegue, es cuando la toman con nosotros, los que contamos las capsulitas, y nuestro destino: ¿Y tú seguirás contando cápsulas? Pues mire usted, no lo sé. Unas veces les contesto que espero, otras que supongo, las más, que no tengo ni puta idea. Hasta ahora, la gente nos miraba con resignación una expresión neutra que lo mismo puede significar ¡Vaya, lo entiendo! que ¡Te jodes, hija de puta!. ¡Y anda que no sé yo ni nada quién esconde cada significado!

Pero eso era, como digo, hasta ahora. Hoy una señora (¿la gente ya no habla del tiempo?) me ha espetado la preguntita de rigor, a lo que le he contestado que no sabía, que eso dependerá de la persona que venga a ser el dueño del cafetal. Repuesta: tú lo que tienes que hacer es ponerte sexy el día que sepas que va a venir. Porque guapa ya eres, pero es que tienes que ponerte muy sexy para que quiera que te quedes. Tócate los pies. Y yo tantos años currando como una mula, echando más horas que un cuco y dejándome pestañas y dioptrías para hacer mi trabajo lo mejor posible, y lo único que tenía que haber hecho era ¡ponerme sexy!

Continue reading

,

Leyendo…

 

01 Camus Fernando Vicente

Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos, y creo haber hecho todo lo posible para no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. Cuando se trataba de Dios (está en el programa), yo decía que algunos creen y otros no. Y que, en la plenitud de sus derechos, cada uno hace lo que quiere. De la misma manera, en el capítulo de las religiones me limitaba a señalar las que existen, y que profesaban todos aquellos que lo deseaban. A decir verdad, añadía que hay personas que no practican ninguna religión. Sé que esto no agrada a quienes quisieran hacer de los maestros unos viajantes de comercio de la religión y, para más precisión, de la religión católica. En la Escuela Normal de Argel (instalada entonces en el parque de Galland), mi padre, como mis compañeros, estaba obligado a ir a misa y a comulgar todos los domingos. Un día, harto de esta coerción, ¡metió la hostia «consagrada» dentro de un libro de misa y lo cerró! El director de la escuela, informado del hecho, no vaciló en expulsarlo. Eso es lo que quieren los partidarios de la «escuela libre» (libre… siempre que piense como ellos). Temo que, dada la composición de la actual Cámara de Diputados, esta mala jugada dé buen resultado. Le Carnard enchainé ha señalado que, en un departamento, unas cien clases de la escuela laica funcionan con el crucifijo colgado en la pared. Eso me parece un atentado abominable contra la conciencia de los niños. ¿Qué pasará dentro de un tiempo? Estas reflexiones me causan una profunda tristeza.

Fragmento de la carta que escribió Louis Germain, maestro en Argel de Albert Camus después de que éste ganara el premio Nobel y le escribiera agradeciéndole que le hubiera ofrecido la oportunidad de llegar a ser lo que era.

Nuccio Ordine, Clásicos para la vida.

La imagen, de Fernando Vicente.

Continue reading

, , , , ,

De vuelta

dribbble

Bueno, se acabaron las vacaciones. Dos días trabajando que llevo y ya me llegan las ojeras otra vez a la barbilla.

En fin, han sido unas vacaciones extrañas, quizá las más extrañas que recuerde. Las suelo coger cuando ya casi todo el mundo ha vuelto de las suyas, pero este año han sido unos cuantos días más tarde y eso se nota. También han sido extrañas porque Beaumont decidió ser el primer catalán en independizarse (no temáis, tema laboral exclusivamente) y la niña de mis ojos empezó el curso, así que las he pasado prácticamente sola. Además, mi puto móvil tuvo a bien morirse a los dos días de empezarlas. Cuando lo llevé  a que me lo arreglaran, el señor de la tienda del triangulito verde me dijo que aprovechara, que es una suerte estar desconectada. Le dije que si tanta suerte le parecía, que me prestara el suyo hasta que me arreglaran el mío. No coló. Encontré por casa uno que funcionaba: un Nokia-Nokiae con los números romanos que por no tener no tiene ni bluetooth. La niña de mis ojos, ante el peligro de explosión que empezaba a correr la vena de mi frente y sobre todo porque me pasé un fin de semana quejándome de mi mala suerte, rescató un teléfono de esos de la manzanita, pero de cuando la manzana era una simple florecilla sin polinizar y no estaba ni mordida, así que me he tirado prácticamente todo el mes dándole a los pedales del móvil. Porque sí, me llamaron para decirme que estaba arreglado el día antes de incorporarme al cafetal.

Así que sola, incomunicada (cuando me pongo puedo ser muy, pero que muy dramática) y sin atreverme a moverme mucho. Porque, veréis, fui a pasar un par de días con Beaumont a su nueva sede social y me hice un Wojtyla: nada más llegar, besé el suelo. Bueno, realmente no fue así. Ya llevaba allí un buen rato, salíamos de cenar y más que besarlo, me hinqué (tal cual) de rodillas en él. La diferencia entre el papaderroma y yo es que él se levantaba por su propio pie (y mira que ya tenía una edad, el hombre) y yo necesité de Beaumont y cuatro señoras para conseguir medio enderezarme. Juro que no lloré de pura vergüenza. Casi acabo con una rótula rota en Rota. Y rota no, pero ya veréis qué risas este invierno cuando empiece a llover y a hacer frío…

Así que sola, incomunicada, herida… Pero ¡y lo que me han cundido! He dormido. Mucho. Creo que me he puesto al día de todos los madrugones de todo el año. Bueno, de medio año. He cocinado cosas ricas ricas, probado nuevos platos. Lo malo es que, bueno, después de cocinarlos no los iba a tirar, ¿no? Vaya, que sí, que tengo el invierno para soltar este par de kilos que se me han pegado a las caderas. He leído. Mucho también. ¡Qué gustazo leer de noche, con toda la casa en silencio, y que te dé igual que sean las tres de la mañana y que el libro te tenga enganchadísima! Así han caído El país donde florece el limonero de Helena Artlee, libro preciosísimo donde los haya con el que he aprendido un montón sobre cítricos y que estoy deseando volver a leer. También cayeron Yo, Claudio y Claudio, el dios y su esposa Mesalina, de Robert Graves. Desde que vimos el verano pasado la serie (sí, aquélla de la BBC de finales de los 70), estaba deseando leerlas. Grandes días que he pasado con la pérfida Livia y el loco Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido por Calígula.

Así que sola, incomunicada, herida y, hum, digamos que rolliza, no he visto todo lo que quería ver y que tengo pendiente, pero algo sí que he avanzado. Vi la última temporada de The Knick, la magnífica serie de Steven Soderbergh que tenía que haber visto hace dos otoños. Como digo, serie magnífica que me parece que ha pasado demasiado desapercibida. Claro que no es para todos los estómagos. Por ejemplo, diré que, definitivamente, no es buena idea verla mientras cenas… De pelis, convencida por La niña de mis ojos, vimos La novia, estupendísima adaptación de la obra de García Lorca, El cementerio de las luciérnagas, de Estudio Ghibli, que me tuvo tres días con el corazón encogido, Coraline, preciosísima como ella sola, La torre oscura, que terminé de ver sólo porque el prota es Idris Elba, madremíademialma, ¡qué película tan mala! También Ex Machina: parece un capítulo de Black Mirror, sin que esto sea nada malo precisamente. Y por fin, ¡en cine en VOS en Cádiz!, Blade Runner 2049: la estoy mascando todavía, pero la sensación es buena, muy buena… ¡Qué caray, más que buena! Y hasta ahí puedo contar, sólo os diré que vayáis a verla, al cine, pantalla grande y a oscuras. Si tenéis además la suerte que tuvimos nosotros, que éramos cuatro (literalmente) en la sala, ya ni os cuento.

Pues nada, que ya he vuelto de las vacaciones. Hace dos días. Menos mal que ha llegado el fin de semana…

 

Continue reading

, , , , , , , , , , , , , , , , ,

Historias de peluquería

3822925_640px

Ayer tocó ceremonial de peluquería. Hace unos años David Vergés cambió mi larga melena morena por un pelo corto rubísimo, y desde principios del año pasado lo llevo prácticamente blanco. Y digo prácticamente porque ese es el color que quiero conseguir y, aunque se acerca bastante, no me parece lo suficiente.

En fin, que como el tema necesita mantenimiento, la semana pasada tocó sesión. En una peluquería a la que no había ido nunca. Casi al lado de mi casa. Lo que se llama una peluquería de barrio. Lo que viene siendo una experiencia, vamos. Que llego yo con mi libro de Cortázar y con una seria aversión a socializar y allí todas las señoras se conocen, se preguntan por la familia, por los vecinos, en un parloteo sin fin que hace totalmente innecesario un hilo musical. De hecho no lo había.

Hablan entre ellas. Yo me camuflo entre don Julio y el apalabrados del móvil. Llevo una especie de casco de un producto pegajoso y celeste pegado a la cabeza. Leo, básicamente leo lo que puedo. Llega una señora con su hija, una chica de casi veintidós años. Se queda sentada y callada y tampoco participa de la conversación colectiva. Hasta que llega su momento estelar: alguien le pregunta cómo fue la graduación de la muchacha y entonces ella se convierte en un remedo de Paco León imitando a Raquel Revuelta pero sin pizca de gracia. Desde ese momento, la conversación deja de ser colectiva para convertirse en un monólogo absoluto que sólo admite algún que otro asentimiento afirmativo o exclamación positiva. Un par de señoras que cuchichean entre ellas y yo conseguimos evadirnos de su área de incidencia. Pero canto victoria demasiado pronto: el lugar que ha elegido para su soliloquio le da una visión privilegiada de mi cogote, y ese azul pálido ha debido llamar su atención, porque le dice a la peluquera Yo a esa muchacha la conozco del autobús, para inmediatamente dirigirse a mí y espetarme un ¿A que sí? del que es difícil zafarse.

Le contesto con el sí más seco que me sale, como dando por finalizada la conversación. Pero la que no se va a dar por vencida es ella: está dispuesta a pegar la hebra y cuenta con armas para ello. ¡Tienes el pelo blanco! Pero tú llevabas antes el pelo negro, ¿tú que eres, morena? ¿Y te pones el pelo blanco porque te gusta? Después de tres lacónicos síes, agarro el móvil de nuevo, pretendiendo que, al cortar el contacto visual, se corte también ese monólogo de besuga. ¡Reto conseguido! Por ahora, eso sí. La interfecta arremete ahora contra la peluquera, que no tiene escapatoria posible al estar enganchada al secador y a la melena de otra clienta.

Toca el turno de quitarme el mejunje de la cabeza. La sujeta acude al olor del decolorante y de mi miedo, que me sé acorralada ahora contra el lavacabezas, más cuando la otra peluquera se afana en dejar limpio y reluciente mi pelo Tú trabajas cerca de donde trabajo yo, ¿no? ¿Y llevas mucho tiempo? Entonces para llegar al cafetal desde el autobús tienes que cruzar la avenida ¿no cruzarás por medio, no? Tienes que cruzar por el semáforo. Os juro por la gloria de Cotón que he transcrito la frase tal cual. Así, a bocajarro. Se me empezó a hinchar un poco la vena del cuello. Vale, también era por la postura mientras me lavaban el pelo, pero más que nada porque la señora hacía rato que había rebasado la línea de mi paciencia y aun así parecía que la de su mala educación y chafarderismo quedaba bastante lejos. Uy, yo cruzo por donde me pilla. Eso sí, tú puedes cruzar por donde te dé la gana. Reconozco que quizá la frase no fue muy acertada ni lo suficientemente lacerante, pero la mirada, hijos míos, ésa sí puedo deciros que fue LA mirada. Sonó llamada a retreta, la susodicha se dio media vuelta y se fue a darle la tabarra de nuevo a la peluquera titular.

Nada, en un par de meses me toca volver. Sólo espero que las saneadas puntas de su melena no necesiten un corte el mismo día que vaya yo.

Continue reading

,

Ampharou’s library: mayo

8fd64be1-5c26-42fa-9a2c-6fc6f8d61070

El rojo sobre todas las cosas. Colores puros. Animales. Escenas oníricas, personajes contorsionados, amantes que se abrazan. St. Jeannet de nuevo, como si de la Sainte-Victoire de Cezanne se tratara. Figuras que comparten cuadro y que a su vez están solas dentro de él. ¿Quizá Titania enamorada? St. Jeannet de Marc Chagall. Perdeos en él, en cada bloque de color. Descubrid los detalles y… enamoraos!

Todo este tiempo que os he tenido sin library no han dado para mucho, no creáis. Un par de fuegos en el cafetal (nada serio. Juan Valdés y su borrico están bien) me han tenido más entretenida de la cuenta. Pero aquí me tenéis, para dar cumplida cuenta de todo lo visto y leído.

Todo lo leído viene a ser Brújula, de Mathias Enard. ¿Sabéis lo del flechazo a primera vista? Pues con este libro me pasó todo lo contrario. Beaumont me lo regaló por mi cumpleaños, pero la portada me tiró para atrás desde el primer momento. Aun así, le di su oportunidad en cuanto le llegó el turno. ¡Y bendita la hora! ¡Qué maravilla de libro! He llenado una libretilla de referencias que buscar, musicales, artísticas, geográficas. Me he quedado con frases grabadas y con historias casi aprendidas para paladear con tiempo. Y con todo, me he quedado con la sensación de que me he perdido muchas cosas de este libro, que seguramente den para una segunda y tercera lecturas.

En cuanto a lo que vimos/vemos… The night of no defraudó. Turturro es maravilloso. Casi da igual cómo termina, lo estupendo es el camino y lo que narra. Muy buena serie, sí señor.

En un parón biológico de series nos pusimos con Line of duty. Ni os molestéis. Dos temporadas enteritas que nos vimos, eso sí, lo que hace el aburrimiento. Mala de solemnidad, nos reímos muchísimo aunque no tiene nada de cómica. En serio, ni caso.

También vimos Feud. Mi adorada Jessica Lange haciendo de Joan Crawford y mi amadísima Susan Sarandon de Bette Davis. Las dos son absolutamente maravillosas. El glamour de Hollywood… y sus trapos sucios!

Ahora estamos con cuatro a la vez. La noche de los sábados es la noche british: un capítulo de la segunda temporada de The Durrells, que sigue tan entretenida como la primera (supongo que lo que más gracia nos hace, después de habernos leído el año pasado El cuarteto de Alejandría, es ver al personaje de Larry Durrell como un jovenzuelo malcriado y mimoso); y un capítulo de The Crown (¡mamá!), heredera de las grandes producciones británicas.

Y los viernes es la noche americana: un capítulo de Better call Saul!, que sigue haciéndose grande-grande, tanto que si no ha sobrepasado ya a su hermana mayor Breaking Bad, está a medio petit suisse… Y otro capítulo de la serie que me tiene absolutamente enamorada: American Gods. Está basada en la obra de Neil Gaiman (al que no conocía, eventualidad a la que espero poner remedio muy pronto), y creada por Bryan Fuller, ¡Bryan Fuller, el de Hannibal! ¡Sólo con este dato tendríais estar viéndola ya! Con la trama ando un poco perdida, aunque cada capítulo que pasa parecen aclararse más cosas, pero visualmente es una absoluta preciosidad, digna heredera de la mencionada Hannibal (bonus track: el principio del capítulo tercero es para enmarcarlo y ponerlo en un altar).

Y hasta aquí puedo contar por ahora…

Continue reading

, , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Caracoles

caracol-con-sombrero

Día lluvioso en Cádiz. Lluvia constante y sin viento, aunque parezca mentira por estos lares… Así ha sido hasta más o menos las nueve y media de la mañana, cuando se ha montado un pandemónium de agua y viento que aquí hubiera querido ver yo a George Clooney y a su tormenta perfecta (o a George Clooney sin tormenta, que tampoco hubiese estado mal). En la balconada del cafetal más cercana al mar parecía que hubiera un tipo fuera empeñado en tirarnos cubos y cubos de agua con la fuerza de un titán, los chiquillos del instituto vecino, que debían tener una visita extraescolar, gritaban saltando sobre los charcos, agarrando paraguas y capuchas, mientras intentaban mantener una fila que no tenía ningún sentido en aquel temporal.

Por fin han amainado, viento y agua, y me he decidido a salir en busca de un café que siguiera manteniéndome con los ojos abiertos. Ya os he contado en alguna ocasión que cerca del cafetal hay un solar tomado por la maleza y rodeado de una malla metálica robusta y alta. Cuando me iba acercando me ha llamado la atención un señor, de gabardina y sombrero, con una bolsa de plástico en la mano que se iba agachando cada pocos pasos pegado a dicha valla, tocando el medio murete que la sostiene. Malditas dioptrías, he pensado, por hacerme gracia, que el señor cogía caracoles, riéndome del triste plato que le iba a salir con los dos o tres caracolillos que imaginaba serían su cosecha.

Pero al llegar yo al pie del solar, el hombre había seguido su camino que yo he tomado en sentido contrario. En el murete sí, caracoles, pero en la parte interior de la valla. El buen samaritano se había entretenido en arrancarlos de la parte exterior de la pared y dejarlos, a buen recaudo de nuevo por dentro, en la confianza de que éstos tuvieran el buen sentido de cambiar su tour bajo la lluvia y volvieran a la maleza.

Durante mi desayuno, leo Brújula, que estoy terminando. Mathias Enard recuerda a san Macario, el ermitaño que, ya anciano, mató una pulga con la palma de la mano, cosa que lo entristeció tanto que, para castigarse, permaneció desnudo durante seis meses en un erial hasta ser una pura llaga. Yo pienso en el espontáneo salva-caracoles, sobre todo, cuando volviendo al cafetal, veo de nuevo el muro lleno de decenas de caracoles… por la parte de fuera.

La ilustración, de aquí.

Continue reading

, , ,

Ampharou’s library: febrero

marc_chagall_au_cirque_d5737630g

Vale, ya pasamos nueve días de marzo, pero prometí que os contaba mi febrero y aquí está. Que una, aunque no lo parezca, es una mujer de palabra.

Vamos con los libros. Me terminé por fin El siglo de las luces, de Alejo Carpentier. Bueno, no será de los que recuerde especialmente, ni de los que me plantee volver a leer. Quizá si hubiera sabido más de la Revolución francesa y su repercusión en el Caribe, la hubiese disfrutado más, pero soy un poco zote en historia.

De Alejo salté a Harper. A Harper Lee, concretamente. Uno de mis regalos de Reyes de este año fue Matar a un ruiseñor. La película la vi hará como cuatro o cinco años. Sí, por primera vez. Y por única, aunque me pareció maravillosa (por supuesto que Gregory Peck tuvo que ver mucho en ello). Tres días me ha durado el libro, que hubieran sido dos si la segunda noche no me hubiesen entrado remordimientos de lo temprano que me tenía que levantar y la hora que era. ¡Cómo una historia tan terrible se puede contar con tanta ternura! Quizá porque Harper Lee es Scout Finch (y no Boo Radley, como ella decía, bromeando), no es una adulta que intenta hablar con voz de niño… ¡Aprende, John Boyne de los cojoynes!

Hoy he empezado Brújula, de Mathias Enard, uno de mis regalos de cumpleaños. Ya os iré contando qué tal…

Series: Terminamos de ver The Affair. Nuestras peores sospechas se vieron cumplidas. Una temporada totalmente innecesaria. Algunos buenos momentos, pero ya está. Parte de la trama no tenía ni pies ni cabeza, así que otra serie de las que quedarse con las dos primeras temporadas y darlas por terminada… y van…

También terminamos Taboo. Mira que tenía buena pinta, esa historia del hombre que vuelve cuando todos le creían muerto, mezclando morbosamente el incesto, el canibalismo, las intrigas palaciegas… Estupenda ambientación, estupendos actores, Tom Hardy está estupendo en todos los sentidos que podáis imaginar, pero… o se termina demasiado rápido o yo me he perdido en el fango de alguna subtrama. Si aun así os apetece verla, ahorraos el último capítulo: no os perderéis nada y así os podréis imaginar un final que seguro que es mejor.

Ahora hemos empezado The night of. En mi casa se adora a James Gandolfini, y esta serie era un proyecto suyo que no pudo llevar a cabo por razones obvias, aunque sí aparece como productor ejecutivo. También tiene un planteamiento muy interesante, pero no voy a adelantar nada ni lanzar campanas al viento, que después ya veis qué me pasa…

En cuanto a películas vimos Arrival, de Denis Villeneuve: me sorprendió mucho, me gustó mucho más, aunque es de esas películas que te dejan tres días mascándola. No os voy a contar nada para que os acerquéis a ella con ojitos nuevos, pero vedla.

También vimos Dr. Strange. Un divertimento. Para pasar el rato. Claro que favoreció que la viera que salgan en ella MI Benedict Cumberbatch , MI Mads Mikkelsen y MI Tilda Swinton, los tres con los rostros más extraños que el título de la película y más difíciles que escribir bien sus respectivos apellidos sin ayuda de google, pero a mí me gustan. Mucho. Los tres. La peli, ya os digo, entretenida.

Chagall. Marc Chagall y los colores. Marc Chagall y la alegría. Marc Chagall y El circo. Vuelta a la infancia y sus recuerdos dulces, un poco oníricos, tan hermosos.

Para marzo, más.

Continue reading

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

prev posts