Cucurrucucú

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Cerca del cafetal hay un solar enorme. Parte de ese solar lo es desde hace unos ocho años. La otra parte, desde al menos veinte. Dicen las malas lenguas que allí van a hacer un cafetal gigantesco, bonitísimo, un edificio de esos modernos y funcionales, llenos de luz y de color, oh-oh-oh, pero, hasta ahora, para lo único que han dado los caudales ha sido para ponerle una valla alrededor, una valla nueva, entiéndase, este mismo año, que la que había se caía a trozos (literalmente) y por ella se salían los matojos y las ratas y se colaban los pobres y la gente de mal vivir. Vamos, un horror.

En fin, que la valla nueva (a falta de edificio molón. Que si no se hizo cuando las vacas criaban lorzas y atábamos a los chuchos con morcillas de Burgos, ya me diréis ahora) rodea todo el perímetro del cafetal en potencia: un murete hasta media pierna y una valla metálica de malla muy, pero que muy chiquitica superando la altura de Tkachenko. Ese perímetro, en la cara norte, hace una pequeña esquina, un quiebro que deja la acera un poco más ancha. Allí, mientras estaba la anterior valla, unas señoras alimentaban a las tres gatas gordas que habitaban en el solar: las gatas aguardaban cada día la llegada de las mujeres, que les ponían la comida y esperaban a que terminaran para poder recoger las sobras  y dejar el lugar tan limpio  como lo encontraron (¡já!). Claro que no sólo se arrimaban las gatas al lugar: las palomas también se concentraban por el lugar alrededor de la hora a la que las mujeres repartían los whiskas, por si acaso se escapara alguna croquetilla de pienso de la ingesta felina o de la posterior limpieza humana.

Entre lo que tardó la obra de colocación de la empalizada y que las gatas han debido buscarse otro alojamiento ante la imposibilidad de acceder al loft que tenían montado en el solar (no demasiado lejos, que todavía se las ve merodeando por allí de vez en cuando), esa la sociedad alimenticia-benefactora debió disolverse, pero debieron olvidar comunicárselo a una de las partes: las palomas siguen apareciendo cada mañana, impertérritas. Si hace levante se refugian al amparo del murete, en ese rinconcillo que hace el quiebro, donde se acurrucan con el cuello encogido y las plumas infladas. Pero si no hace viento y hace sol, se colocan encima de la valla. En fila, una detrás de otra. Observando. Vigilando. Cara al sol.

No os he dicho que cuando voy a desayunar rodeo todo el perímetro del pre-cafetal. Cuando están ahí arriba, como cuervos o buitres esperando una presa, dan miedo. Mucho miedo.

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Hopper redivivo

Morning-Sun-Hopper

Quizá alguno recordéis esta entrada, en la que os contaba, aparte de mi vicio de mirar, de la preciosa luz con la que unos vecinos me habían alegrado una mañana.

A día de hoy sigo con el mismo vicio. Ayer me incorporé de unas cortas vacaciones de nuevo al cafetal (descuidad, me quedan más vacaciones) y, llamadme masoquista si queréis, cada uno tenemos nuestros vicios, como en cada madrugón me asomé a la ventana de mi cocina mientras me bebía mi té y me fumaba mi primer cigarrillo para contar las ventanas que estaban encendidas. Ni que decir tiene que en los días de julio y agosto que he trabajado me sentía muy sola en ese contar, pero ya septiembre va animando las luminarias a esas horas.

Bien, pues ayer, los mismos vecinos de ese post que os enlazo más arriba me hicieron otro regalo. Junto a la ventana de la que os hablaba aquel día está un pequeño balconcillo abierto al patio. El balcón, como digo, es muy pequeño, y con forma de cuña de queso (una cuña que apenas daría para una tapa). En la parte más estrecha del queso está la puerta por la que se entra al piso y en la parte más ancha es donde estos vecinos disfrutan de las vistas (las vistas son las mismas que las mías: un patio enorme y feos edificios que lo rodean. Quizá se parezcan a mí, y sólo les gusta sentarse allí, mirar e inventar historias).

Os cuento todo esto porque ese balconcillo tiene un papel estelar en el regalo que me hicieron ayer. Era prácticamente de noche todavía y todas las luces del patio estaban apagadas. Sólo estaba encendida la de la habitación que da paso al balcón. La persiana estaba mediada, lo justo, sólo lo justo para que la luz brillante de dentro iluminara el perfil de la vecina que estaba sentada en ese rinconcito de mirar.

Sin saberlo ellos, me regalaron un Hopper casi perfecto.

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Miedo

B20

Allá por 2013 escribí esto (lo transcribo y no lo enlazo porque el blog ha decidido hacer su propio diseño con las tildes según la vocal sobre la que van, y aunque se entiende, es un poco coñazo leerlo):

Le tengo miedo a muchas cosas. A cosas serias y cosas que son tonterí­as. Como éste es un post de pamplinas, hablaremos de las tonterí­as. En el número uno de las que me dan miedo está la pelí­cula El exorcista. No es un miedo de ay qué susto, no. Es un miedo cerval, totalmente irracional e histérico. Es curioso, porque en mis tiempos mozos leí­ el libro y llegué a ver la pelí­cula unas cuantas veces. Es más, me divertía asustando a mi hermana pequeña (lo sé, soy una cabrona, pero entonces era joven e inocente) repitiendo alguna de las frases de la protagonista. Pero ahora no soporto ver imágenes de la pelí­cula, algo más o menos controlable, pero tampoco puedo oí­r su música, y aquí­ viene el verdadero problema, porque ya alguna vez he abandonado un supermercado con un carrito a medio llenar por incluir el Tubullar Bells en su hilo musical. Así­ es que cuando el pasado sábado veíamos el telediario mientras comíamos y la señorita presentadora daba como noticia que se cumplían cuarenta años de tan celebrado disco, hice lo que suelo hacer en estos casos: taparme los oí­dos y hablar en voz alta para que no llegase a mí­ ni una nota. Sólo que esta vez tuvo un resultado inesperado: saltaron los plomos y se fue la luz de toda la casa. Beaumont, desde entonces, me mira raro.

Serían las seis y media de esta mañana. Sí, una hora infame. Acababa de salir de la ducha y ya me había puesto la lentilla del ojo izquierdo. Podéis suponer que a esa hora, todo está en el silencio más absoluto. Pues bien, cuando ya tenía la lentilla del ojo derecho entre los dedos, he comenzado a escuchar las primeras notas de sí, esa melodía. Normalmente tengo un oído que funciona igual que un adoquín, pero con esa melodía mi córtex frontal pega un salto (sí, hasta a esas horas) y ya la tenemos liá.

Sonaba a móvil, no sé si tono de llamada o tono de alarma (que ya hay que tener mal gusto). Tampoco sé si era de la vecina de arriba o de la de abajo. Por si acaso, he despachado maldiciones a ambas, porque además, no creáis que la que fuera se ha apresurado a apagarlo/contestar. Yo con la lentilla en la palma de la mano y aquello sonando. Yo sola en el baño y el resto de la casa a oscuras. Cuando ha cesado la tortura, me he dispuesto a seguir con lo que estaba haciendo, mientras seguía maldiciendo. Al ir a limpiar la lentilla contra la palma de la mano, se ha roto en dos mitades casi perfectas.

No recordaba el final del post del 2013. Ahora sí que tengo miedo.

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Chaparrón

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Lo mejor de la lluvia en la ciudad, sin lugar a dudas, es cuando no tienes más remedio que salir a la calle y vas luciendo palmito paseando bajo la lluvia, chocando paraguas y con los hombros encogidos (porque todos sabemos que así nos mojamos menos) e intentando esquivar los charcos, convirtiéndonos en un émulo de Tom Hanks en aquella divertida (y nunca del todo valorada) película que era Big en la escena en la que toca un piano gigante. Y entonces, claro, ocurre: calculas el espacio entre dos charcos de proporciones lacustres, sopesas si llegarás a ese oasis sólo estirándote un poco o si tendrás que dar un grácil saltito para ponerte a salvo, optas por lo segundo por no hacer demasiado el ridículo y sólo cuando ya has rozado con el pie más adelantado el lugar en cuestión y el otro lo tienes todavía prácticamente en el aire te das cuenta de que, justo esa baldosa, es un ente independiente y está suelta, y que toda el agua que le falta por arriba la tiene por abajo, y que por culpa de Arquímedes, la muy pérfida está esperando la más mínima presión en su superficie para desalojar todo lo que lleva escondido en el fondo. Y tú que no te querías mojar los pies, terminas con salpicones de lo que prefieres pensar que es sólo barro repartido por todo el pantalón (ojalá que lleves pantalón y no falda y medias… porque si no, el asco no se te va a quitar en todo el día).

De los que pasan en coche a toda leche cerquita de la acera y sin esquivar los charcos, hablaremos otro día.

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Perturbador

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Es muy perturbador encontrarte, de buena mañana, sorteando coches atascados en la avenida principal de esta ciudad, a un cura vestido con su cleryman negro… aunque más perturbador es, si además de su cleryman y su canesú, el páter va ataviado con una perilla de chivo, unas gafas de montura metálica, un sombrero calado y cara de pocos amigos..

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Historias de cafetería #29

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Don Enrique desayuna todos los días en la misma cafetería que yo. Llega arrastrando los pies (no hace mucho que ha comenzado a arrastrarlos), con sus pasitos cortos y una bolsa de plástico en la mano. Acaba de comprar el periódico en el kiosco de la esquina y entra en el bar dando los buenos días a la dueña. De una mirada comprueba si su sitio está vacío. Si no es así, escudriña hasta que encuentra la mejor opción posible. Porque a don Enrique le gusta, en la cafetería, el mismo sitio que a mí: al fondo de la barra, casi detrás de la máquina del café. Es un sitio un poco más recogido, más tranquilo a pesar del ruido que hace el calentador de leche y el molinillo. Además, los expositores de tapas y dulces no le restan espacio a la barra y queda el suficiente para abrir un libro o desplegar un periódico. El rincón de los lectores, lo llama don Enrique. Cuando llega allí, instala su tenderete: saca el periódico de la bolsa, un bolígrafo de algún bolsillo, las pequeñas gafas de lectura de su funda… Mientras tanto, María ya le ha puesto, en una esquinita, un vaso de agua, el café con leche y la tostada. A las porciones de mantequilla y mermelada les ha quitado su tapita metálica, que a don Enrique lo del abre-fácil le cuesta. Él, con parsimonia de koala, va dando cuenta de todo ello: primero el agua, luego untar el pan, que corta a pequeños trozos de bocado para que nada le interrumpa la lectura. Así, va desayunando, al mismo tiempo que va leyendo el diario y haciendo algunas anotaciones en los márgenes. Algunas noticias las comenta para sí mismo, poniendo su voz de motor diésel en modo susurro.

Años de práctica le han dado la sincronización perfecta: el último bocado de pan corresponde al volteo de la última página del diario y éste, a su vez, al último sorbo de café. Don Enrique dobla meticulosamente el periódico, vuelve a meterlo en la bolsa de plástico, a la que hace un nudo, y le pide a María, la dueña, que se lo guarde hasta que vuelva de su paseo matutino.

Algunas veces me adelanto y cuando llega don Enrique a la cafetería estoy yo en el rincón de los lectores. Entonces, amablemente, le ofrezco cederle el sitio. Él, amablemente, declina la invitación y se arrellana en el taburete a mi lado. Comenta algo de mi lectura y comienza a instalar su tenderete: saca el periódico de la bolsa, un bolígrafo de algún bolsillo, las pequeñas gafas de lectura de su funda…

La imagen, de aquí

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Abuelos #2

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Las siete y media de la mañana de un día de invierno es una hora demasiado ingrata para salir a la calle. Pero es miércoles y no queda más remedio. Las características de este casi pueblo en el que vivo hace que sus habitantes tengan una manifiesta vocación andarina, así que, ya a esa hora, se pueden ver bastantes personas caminando: los que van a trabajar, los chicos de los institutos en pequeñas pandillas que hacen el camino más ameno… algunos padres arrastrando a pequeños hacia las aulas infantiles, paseantes de perros y simplemente paseantes, que cada uno tiene sus vicios…

Sin embargo, esta mañana sólo uno sobresalía entre todos los demás: un señor mayor, anciano. Bajito y chaparro, vestía chaqueta y corbata, como debe ser. Caminaba extraño, a pasitos cortos y casi en zigzag, con las manos cruzadas a la espalda, hasta que resultó que lo extraño de su andar era una imitación perfecta de la paloma a la que perseguía.

Hay gente que pone alpiste en los alcorques de los árboles de la calle principal, y esta paloma en cuestión debía estar esperando su ración diaria, por lo que, resignada a llevar a su espalda al perseguidor, se resistía a levantar el vuelo. Debió cansarse el viejito antes que el ave del juego, porque, levantando los brazos en una especie de jota espontánea, dio tres saltos a la pata coja y, al fin, consiguió espantar a la paloma.

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Resignación

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Puedes encabritarte como un caballo salvaje, decir palabrotas, maldecir al destino, pero a la hora de la verdad…tienes que resignarte.

Capitán Mike Clark, El curioso caso de Benjamin Button.

Recordé esta frase ayer, mientras esperaba en un bar a que me prepararan la comida que había encargado para llevar: comentaban, empleados y parroquianos, la muerte de algún vecino del barrio. Pobrecito, pobre de la mujer. La hija se tuvo que volver de Londres, que acababa de llegar la chiquilla… todos hablaban, todos tenían una opinión mientras yo fingía una partida de apalabrados en el móvil. Una señora a este lado de la barra sentenció Te pongas como te pongas, cuando viene a por ti, se acabó. Hubo un minuto de silencio espontáneo sólo interrumpido por la previa del partido en el plasma de cincuenta pulgadas.

Otra señora, a aquel lado de la barra y con un polo con el logotipo del bar, con la mirada perdida en algún lugar entre sus pensamientos, declaró Por eso yo nunca salgo de mi casa sin hacer las camas. Si me pasa algo malo y tiene que entrar alguien, por lo menos que se encuentre la casa recogía.

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Abuelos

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¡Qué bonita y tierna estampa es la de un abuelo cuidando a su nieto! ¡Paseándolo en su cochecito por el sol y canturreándole cancioncillas para entretenerlo!

Otra cosa es que la cancioncilla en cuestión sea ésta.

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La jungla polaca

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-Ellos no tienen colonias, Nana. No todos los países blancos las tienen. No todos los blancos son colonialistas. Tienes que saber que los blancos a menudo han sido colonialistas respecto de otros blancos.

 

Sus palabras causaron gran conmoción. Los ancianos mostraron súbito interés; atónitos, chascaron la lengua ¡chas, chas, chas! Tiempo atrás me sorprendía yo de que se sorprendieran ellos. Pero ya no. Detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Que blanco significa más importante? Al menos, hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta.

La jungla polaca, Ryszard Kapuscinski. Ed. Anagrama, pag. 191

 

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