Prima Vera

canvas

Después de diez días en un estado vertiginoso (vertiginoso de vértigo, mareo y náuseas, no de actividad descontrolada y salvaje), el lunes por fin pude poner un pie en la calle… ¡y me encontré con toda la primavera de repente! Los signos eran inequívocos: los días se hacen cada vez más largos (de esto ya me había dado cuenta, que estaba vertiginosa, no viviendo con los niños de Los otros), el sol lame las pieles a poco que te dejes engatusar un poco por él, hay flores por doquier, en las aceras, los alcorques llenos, los arcenes rebosantes y los coches abandonados cubiertos. Los vinagrillos de los solares amenazan con invadir las calles, los caballitos del diablo flotan con la brisa y el polen pulula para congestión de los alérgicos. Los polluelos de aviones y vencejos están a punto de abandonar los nidos, desde donde alargan los cuellos cada vez más, los mirlos entonan trinos cada vez más complejos, viendo que se les pasa el arroz y las cotorras invasoras llenan los medios días de graznidos selváticos. La playa ya huele a verano, es decir, a aceite de coco  y embadurnamientos varios. Los autobuses también huelen a verano, es decir, mejor me voy andando. Las chicas acortan las prendas y los chicos abren los ojos de par en par.

Pero la alegría dura poco en la casa del friolero: dos días, sólo dos días.

Hoy me han bajado de la primavera a hostias de poniente.

Continue reading


Mayo: Ampharou’s library

El chico había pasado toda su vida en la granja de la familia, la que era de su padre, y antes que suya, de su abuelo, y antes que suya, de su bisabuelo… No había salido de allí en su vida, pero sabía que había algo mejor, que los chicos que iban a la ciudad volvían contando cosas maravillosas y con dinero en los bolsillos. Así que, no sin discutir con su padre y hacer llorar a su madre, hizo el petate y se marchó dispuesto a comerse la gran ciudad. Y allí estaba, delante de la pensión en la que tenía derecho a una media cama, una media jarra de agua para lavarse, un puré de guisantes con café para desayunar y todas las chanzas y las burlas de los que, como él, seguramente había llegado de otras granjas u otros pueblos dispuestos a comerse el mundo. Pero hoy se había hartado, y sí, era el último en llegar, y todavía llevaba puesto el traje de los domingos, y el sombrero que había heredado de su abuelo, pero si quería llegar a ser alguien, tendría que plantarle cara a ese pesado…

Todo el mes de abril, al que correspondía este cuadro en mi almanaque, he estado inventando historias para esa escena, para ese bofetón con espectadores, para La pelea que Lowry inventó con dos perros flacos y negros. Ésta que introduce el post es sólo una de ellas, o el resumen de todas. Es increíble cómo este Lowry consigue meterme en sus cuadros y hace que imagine para ellos no sólo lo que está pasando, sino lo que ha pasado hasta llegar aquí.

Mayo también tiene un cuadro maravilloso, pero todavía no me ha dado tiempo a inventar historias para él… sólo me quedo embobada mirando ese horizonte.

Abril (y lo que va de mayo) ha seguido siendo un mes triste para la lectura. Sigo con Moby Dick, estoy disfrutándolo hasta límites insospechados (no hubiese creído al que me dijera que iba a disfrutar con la fisiología comparada de ballenas y cachalotes), y sólo un día que olvidé a la ballena en otro bolso me entregué por completo a las Cartas de mamá de Cortázar.

Un poco menos triste está siendo el apartado series: empezaron las nuevas temporadas de Mad Men y Juego de Tronos, que estamos siguiendo con el mismo interés que dejamos las temporadas anteriores (¡ah, la Khaleesi!), vimos una estupendísima miniserie (cuatro capítulos) inglesa llamada Secret State con un magnífico Gabriel Byrne; para seguir con él, empezamos a ver de nuevo In Treatment, pero ésta es tan intensa que sólo conseguimos ver un par de capítulos de cada vez…

También vimos, catatónicos y de una sentada, la segunda temporada de Black Mirror. Sigue siendo tan devastadora como la primera. Y empezamos también con The Hour, y, aunque sólo hemos visto un capítulo, sospecho que nos va a tener enganchados un tiempecito.

Películas han caído unas cuantas: la más reciente (aunque creo que es la más antigua), Lord Jim, maravillosa, con Peter O’Toole interpretando el mismo papel desgarrado que en Lawrence de Arabia. Cambiando de tercio, Los caballeros de la tabla cuadrada (sí, no la había visto, ¿qué pasa?) fue la que nos arrancó las risas el mes pasado. También vimos The Master, la supuesta historia del fundador de la Iglesia de la Cienciología: Paul Thomas Anderson y yo no conectamos últimamente, qué le vamos a hacer.. No habrá paz para los malvados fue otra de las que vimos, con un Coronado en estado de gracia, con el mejor nombre de personaje de los últimos tiempos, pero, lo siento, tampoco conecto con Urbizu (a ver si la culpa va a ser mía…).

La última joya que recuerdo fue El coleccionista, de Wyler: los ojos y el gesto de Terence Stamp, la historia en general, me tuvieron dando vueltas varias semanas.

Como extra-bonus, también fuimos este mes al teatro: Mujeres de Shakespeare, de Rafael Álvarez El Brujo. He de reconocer que ya me tenía el corazón conquistado antes de hacerme con las entradas, que sólo entrar en el teatro siempre me subyuga, pero que, apenas abierta la boca me nombrara a mi Harold Bloom ya hizo que me entregara totalmente. Y quién no lo hace, oyéndolo declamar esos versos, o comentando con toda la gracia la actualidad, engarzándolo todo en un rato maravilloso que nos hizo pasar.

Continue reading

, , , , , , , , , , , , , ,

Romeo y Julieta

¿Ya quieres irte? Falta aún mucho para el día.

Fue el ruiseñor y no la alondra

El que perforó el temeroso hueco de tu oído.

Canta todas las noches en aquel granado.

Créeme, amor, era el ruiseñor.

Romeo y Julieta, William Shakespeare.

 

Primeras horas de la tarde en un verano adelantado. En la parte sombría de la calle, un chico se deja caer en un coche aparcado. Es un chico cualquiera, igual a todos los demás chicos, en esa edad en la que la sombra del bigote le gana a duras penas la batalla al acné. Un chico como todos los chicos, con sus pantalones caídos y su camiseta de moda, sus zapatillas de hobbit y una mochila raída a sus pies. Y, por supuesto, entre la mano y la oreja, la última tecnología. Sigue apoyado en el coche y sólo se le oyen risas mientras mira insistentemente hacia arriba. Si esto fuese una película y la cámara, haciendo un conveniente travelling siguiendo la dirección de sus ojos, nos mostrase la causa de ese cuello en escorzo y esas risas, nos llevaría hasta una ventana del edificio que está justo delante de nuestro chico, en un cuarto sin ascensor, donde una chica cualquiera, igual a todas las demás chicas, con mechas californianas recogidas en un moño de andar por casa y medio torso desafiando la gravedad de ese cuarto, y la última tecnología entre la mano y la oreja, mira, insistentemente, hacia la calle, y ríe coqueta al chico cualquiera que se apoya en un coche a la sombra.

Se susurran al oído, a dieciséis metros de distancia, palabras que tienen siglos.

La ilustración, de Eduardo Úrculo.

Continue reading

, ,

Mares

Fue el viernes. Ya tuve una primera visión, en el cafetal, desde uno de esos ventanales que tuvieron a bien regalarnos los arquitectos de la cosa nuestra. Hacía fuera un día precioso, que agradecíamos después de días y días en los que el cielo sólo iba de un gris ceniza al gris plomo. Desde el ventanal que os digo se veía un mar bravo pero lento, como si en lugar de agua estuviese hecho de aceite. La suciedad de los cristales, culpa del viento del sur, por una vez ayudaron al efecto, en vez de taparlo: era como estar viendo una vieja película, llena de esa arenilla de las imágenes antiguas, un viejo documental mudo y lento en pantalla apaisada.

Ya por la tarde, glorioso fin de semana, íbamos al teatro (no os preocupéis, esto va en otro capítulo). Para llegar, tomamos la mejor ruta posible, no sólo por ser la más corta, sino también por ser la más bonita: el autobús que recorre esta ciudad con vocación de isla siguiendo la línea de la costa. Ya en la parada, la playa era una hermosura: el atardecer, unas cuantas nubes de postal como hechas a pinceladas, metros de arena dorada, y el mar, que seguía con sus olas de lámpara de lava, incesantes, incansables, inmediatas. Perfectamente ordenadas paralelas a la orilla desde el horizonte irregular.

Durante el trayecto, ya por donde acaba la playa y el mar es simplemente -¡simplemente!- mar, veíamos esas olas más cerca, con sus crestas de encaje dorado por el sol de poniente, tranquilas en la superficie, pero con toda su fuerza y enojo adivinándose desde el fondo. Y ese sonido de resaca, como una nana que infla los pechos de una tranquilidad que quizá no se encuentra en ningún otro sitio…

Íbamos al teatro, pero el espectáculo había comenzado mucho antes.

 

La preciosa imagen, de Pedro Meliá.

Continue reading

,

Pensamientos

“En abril, aguas mil”

Pues en lo que llevamos de mes -cuatro (4) días-, ya deben haber pasado de las dos mil quinientas por lo menos.

Además, ¿esas mil no las teníamos convalidadas ya con todo lo que había llovido antes?

 

 

Continue reading

,

Un par de tonterías por minuto

Ha llegado la primavera. Eso dice el calendario. Y los meteorólogos, que se afanaron el miércoles pasado en recordarnos que entraba a las doce y tres minutos. Pero esos tres minutos deben ser como las condenas que llevan la coletilla de “y un día”, porque el caso es que la susodicha todavía no ha tenido la deferencia de hacerse notar. Que un día parece que sale un poquito el sol, ¡zasca!, te cae un chaparrón que tú empiezas a buscar a tu pareja y un arca a la que subirte. Así, vamos intercalando paraguas con gafas de sol, atemperamos las ganas de ponernos sandalias a base de meter los pies en los charcos y no dejamos atrás las rebequitas ‘por si refresca’. Que yo ya le voy cogiendo el truquillo a la cosa, que la semana pasada coincidió la lluvia y el sol en días alternos, y tanto orden casi da un respiro, pero a mis biorritmos no les resulta suficiente, y se me ponen en jarras, enfadados, pidiendo un poco de seriedad.

En otro orden de cosas: vivo en un edificio que tiene ya unos años. Muchos años, vamos, con lo cual está llenito de achaques. Uno de esos achaques es del ascensor. El pobre pasó de renqueante a agonizante y, últimamente, no había una semana que no se diese de baja al menos un par de días, para regocijo de los vecinos (a más alta planta, mayor era el regocijo, como podéis suponer). Después de varias reuniones de la comunidad, tan amenas ellas, se llegó al acuerdo (sin peleas ni nada, que somos gente civilizada -pffff), de cambiarlo por completo de una puñetera vez. En fin, que inmersos en la ‘gran’ obra estamos. Una obra que, previsiblemente, tardarán dos meses y medio en realizar. Dos meses y medio que vamos a estar sin ascensor, claro. Viviendo en un quinto. Que a mí no me importaría si eso no supusiera que tengo que subir y bajar por las escaleras. Sobre todo subir. Yo, que tengo la capacidad pulmonar de un boquerón (como si los boquerones tuvieran pulmones) y la última vez que hice algo parecido a ejercicio fue en el año dos mil cuatro. Pero bueno, me voy acostumbrando. Además, cuando voy por el tercero, apenas pienso en un pulmón de acero ya, sino que me visualizo a mí misma en la playa, con las piernas de Elle Macpherson, y recobro la compostura (el aire no lo recobro hasta que llevo media hora en casa, respirando como el boquerón de antes fuera del agua). Lo que peor llevo ahora es llegar a casa cada día a las tres y media de la tarde, con un café ‘bebío’ que, a esas hora, ya debo tener a la altura del tobillo, y subir olisqueando (tened en cuenta que además subo hiperventilando, con lo cual me llevo todo el aire -y el aroma- del mundo) el menudo de la del primero, el puchero del segundo, la tortilla de patatas del tercero…

Continue reading

, ,

Moby Dick

Mientras su única pierna viva despertaba vivaces ecos por la cubierta, cada golpe de su miembro muerto sonaba como un golpe en un ataud. Ese hombre andaba sobre la vida y la muerte.

Continue reading

,

Píntate las uñas, píntate las nails

Por fin he decidido cuidarme las uñas. Vamos, que voy un paso más allá de simplemente cortármelas y limarlas un poco si hace falta, y ahora las limo con esmero, las dejo crecer un poco, retiro las cutículas y todas esas cosas que si sigo hablando de ellas harían de ca’Ampharou la sección de una de esas revistas que tanto aborrezco. Para hacer todo esto y mantener unas manos medio decentes, tengo que pintármelas (las uñas, no las manos), para que no terminen, en cualquier momento de nerviosismo y/o aburrimiento entre los dientes. Y ese es el tema más peliagudo. Primero, porque con las uñas un poco más largas y pintadas, soy un desastre, aunque supongo que es algo que se me pasará cuando me acostumbre: los dedos se me quedan tiesos (como el meñique de los nobles) y sólo puedo tocar con las yemas directamente, lo cual es bastante complicado, sobre todo para  escribir en un teclado, que se convierte en actividad de alto riesgo (tema peliagudo para una vendedora de cápsulas de café como yo). Además, cuando me las pinto, como tengo el mismo pulso que un neurocirujano, termino con más pintura en los dedos que en las uñas…

En fin, que los esmaltes que tenía en casa eran malos de solemnidad, así que me fui a una conocida franquicia de cosmética que llamaremos para disimular KOKI. Allí elegí un par de tonos de violeta y un morado oscurocasinegro (debe ser la cuaresma…), del que compré otro para T.  Me dirigí a la caja y una dependienta pintada como una geisha el día de la patrona, ofuscada por la molestia de tener que cobrarme, hizo el esfuerzo supremo, supongo que impelida por la promesa de una comisión, de hablarme de la promoción de la semana: un serum aaaaaaaabsolutamente maravilloso. Para demostrarme lo fantástico que era el producto, cogió el botecito de muestra y empezó a recitar los efectos de tan extraordinaria pócima, efectos que, juro por dior, no me hubiera importado lo más mínimo escuchar si la interfecta Lady Kaede, no hubiese ido deteniendo su mirada en cada rasgo mío antes de empezar cada frase:

Atenúa muchísimo las sombras oscuras que salen bajo los ojos, cuando ya me había mirado las ojeras, que, va a ser cosa mía, pero igual es que las lucía por llevar en pie desde las seis de la mañana…

También ayuda a definir el óvalo de la cara, cuando, con la edad, va perdiendo firmeza. No, la muchacha no se cortaba un pelo en fijarse en mi óvalo de mi cara. Cuando ya me aseguró que también corregía la papada, me dieron ganas de abrir los cuatro esmaltes y dejarle una obra de arte en el centro de la tienda.

Va estupendamente para las arrugas de expresión (no sigas), para las patas de gallo (por ahí no, bonita. Y deja de mirarme a los lados de los ojos), pero donde hace milagros (dice bajando la mirada) es el las líneas éstas que salen a los lados de la boca, las líneas de marioneta….

Debí mirarla raro, porque no volvió a insistir…

En fin, no creo que sea una buena técnica para vender un producto de esas características leer la cara de la potencial cliente como si fuera una chuleta de lo que tienes que decir, de forma tan poco sutil y además, con enorme desgana. Evidentemente, no me compré el serum supermaravillosodelamuerte ni pienso hacerlo. Y tiene suerte de que el esmalte morado quede estupendo y no sea del que se desintegra a las dos horas.

Ahora, y si no fuera por el corte de pelo radical que me hice después, casi parecería una señorita.

El título de la entrada, dedicado, por supuesto, sacado de aquí.

Continue reading

,

Detestaciones: paraguas 1

¿Sabes, so memo? No estás en la Edad Media ni te estás batiendo en duelo. No eres Don Quijote, ni Sir Lancelot du Lac, ni el Caballero de las Flores. Es más, si no sabes llevar un paraguas, ni siquiera eres un caballero.

A ver, so memo, que los rudimentos de su utilización requieren sólo media neurona más de la que necesitas para respirar. Si llueve, paraguas en vertical hacia arriba, abierto sobre tu cabeza. Si no llueve, paraguas en vertical hacia abajo, cerrado. No hay más. Y tampoco es tan complicado, verdad, so memo? Por mucho que lo lleves inhiesto, no vas a ser más hombre.

Además, los paraguas tienen una empuñadura, ¿no es cierto? Pues la empuñadura, so memo, suele ser la parte por donde se cogen las cosas. Puedes llevarlo colgado del antebrazo, de la muñeca, o utilizarlo como un bastón. Ello no te hará parecer más débil, pero sí te hará más sensato.

Porque coger, cuando vas caminando por la calle, un paraguas por el bastón y en sentido horizontal, es de memos. Si además eres de los que balancean los brazos al caminar, como un simio cualquiera, mereces una muerte lenta y dolorosa, de las que incluyen el paraguas y algún orificio de tu cuerpo.

Por si no lo sabes, so memo, muy pocas veces caminas solo por la calle. Y sí, puedes controlar (o al menos deberías, so memo) tu parte delantera, pero no tu espalda, Y no sé si te has fijado, pero cuando tomas el paraguas por el bastón, llevándolo más o menos paralelo al suelo, queda a la justa altura de las partes más nobles de la media de la población (las tuyas incluidas). Y tampoco sé si te has fijado, pero por la calle suelen ir niños. Y a los niños les gusta la lluvia, con locura además. Y suelen salir corriendo con sus manitas en alto, medio locos y gritando porque han descubierto un charco. Y no son precisamente sus partes nobles las que quedan expuestas a la punta de tu paraguas.

Así que si no quieres llegar a casa con un ojo ensartado en tu paraguas, so memo, utiliza un mínimo de cabeza. Porque, según a quién ataques con tu ‘lanza’, puede ser hasta que el ojo sea el tuyo, so memo.

Continue reading

, , ,

Ampharou’s library: marzo

Cada año lo terminamos con un ritual: el de encontrar el calendario que compartirá con nosotros, mes a mes, el año que todavía tenemos por estrenar. Esta vez, sin embargo, la decisión se demoró hasta casi mi cumpleaños. Años anteriores, era difícil saber con cuál quedarse, pero éste es que no había ninguno que nos gustara: todos eran de gatitos con mirada tierna, flores con áura o justines biebers o dorasexploradoras varias..

Al fin, cuando ya tenía uno de Van Gogh en la mano, Beaumont dio con el que, desde ese día, adorna el trocito de pared destinado a ello: uno de L. S. Lowry.

He de confesar que no conocía a este pintor, ni siquiera me sonaba. Así que dejé a mi amado Vincent donde estaba y, quedé dispuesta a aprender, durante todo un año, todo lo que pudiera sobre él.

Para empezar, os diré que, ojeando el calendario, no pude hacerme una idea de todo lo que es. Ya veréis por qué si me animo a seguir con la saga. Beaumont, cooperador en todo momento, buscó información sobre él, y descubrió un documental que conseguimos ver hace unos cuantos días. Ha sido flechazo a segunda vista, aunque a ello ha contribuido el tener a Sir Ian McKellen de Cupido (cuando yo tenga su edad, quiero tener los ojos como los suyos, llenos de toda la vida).

Así, ya sé que es un pintor de multitudes, aunque la obra que hoy nos acompaña, correspondiente al mes de marzo en mi calendario, no lo demuestre. Es por lo que decía que el almanaque no era demasiado representativo (éste fue enero y éste febrero).

En fin, que habemus almanaque y este año iremos desgranando al señor Lowry, si os apetece.

Sobre mis lecturas, poco tengo que contaros. Tengo atorado a Sherlock Holmes. Me lo he dejado encima de la mesilla de noche, para evitar que la espalda sufriese más de la cuenta y a fin de leerlo de a  poco cuando me acuesto. El problema es que llego a la cama a lo justo para quedarme dormida y con la condena de las seis de la mañana mirándome desde el despertador, y al pobre libro lo tengo bastante abandonado. A cambio, cargo cada día con Moby Dick (mucho más liviano, dónde va a parar, a pesar de ser una ballena), asignatura que tenía pendiente, y que estoy disfrutando en los desayunos cada día. Poquito a poco, tampoco le doy todo el tiempo que debería. La lectora compulsiva se ha convertido, sin remedio, en una lectora vaga.

En el apartado de series, poco que contar también (¡qué aburrida me estoy volviendo!). Estamos viendo otra vez The Wire, mientras hacemos tiempo para todas las nuevas temporadas de las series que seguimos y que están al caer. También hemos descubierto hace poco The Americans: sólo llevamos tres capítulos y tiene buena pinta. Sólo espero que no se tuerza y tire por el camino fácil (aunque no las tengo todas conmigo).

El tema películas sí ha sido un poco más fructífero. Hace dos días vimos Django desencadenado, de Tarantino. Me encanta Christoph Waltz y he descubierto a Jamie Foxx. La película, tan excesiva como todas las de Tarantino. ¿Habéis visto Malditos bastardos? Pues ésta me parece aquélla disfrazada de spaghetti western.

También vimos Lo imposible, de Juan Antonio Bayona. Llorera al canto. Poco más. Ni fu ni fa ni todo lo contrario. Ya me contaréis los que la hayáis visto, que no quiero ser metepata ni quitarle las ganas a los que tengáis intención de verla.

Otro día enganchamos en televisión La caja 507, de Urbizu (no, no la había visto. Sí, ya sé que tiene unos cuantos años).

Y para años, ayer vimos Blow Up, de Antonioni. Y tampoco la había visto. Y cabezazos que me doy ahora contra la pared, por haberla dejado pasar tantas veces. India, que sepas que estuve toda la película acordándome de ti, Las Armas Secretas, de Cortázar cogen ahora polvo en el cafetal.

Y nos atrevimos con El árbol de la vida, de Malick. Entiendo que en algunos cines pusieran avisos sobre esta película, y permitieran a la gente cambiarse de película. No es fácil, eso está claro, pero es que hablar de la Vida, así, con mayúsculas, de lo que somos, de por qué lo somos, de lo que dejamos cuando no estamos, y de las consecuencias de nuestro estar, es, cuanto menos, algo complicado. Eso sí, visualmente es maravillosa.

Actualizamos: perdonad, pero no había enlazado los cuadros de enero y febrero donde correspondían. Ya podéis pinchar para verlos.

Continue reading

, , , , , , , ,

prev posts