Me gusta la gente educada. La bien educada, quiero decir. No tiene que ser necesariamente gente amable y deferente con los demás (que sería lo ideal), sino que me basta en que piensen lo que puede molestar al otro y eviten hacerlo. Por ejemplo, una chica pijina, super rubia y super ideal, que entra en la cafetería empujando la inglesina de lazos de su bebé, no debería haberlo dejado en medio del pasillo estorbando a los que querían entrar o salir. Y quizá, al tomar posesión de su trozo de barra al lado justo de donde yo estaba con mi café y mi libro, debía haber esperado a que la camarera le retirara el servicio anterior, o en todo caso, haberlo echado un poco hacia adelante, como dando a entender que esperaba a que se lo quitaran. Lo que nunca, pero nunca tuvo que haber hecho es empujar las tazas vacías y sucias, dejándose ella un hueco delante como para que comieran doce, hasta pegarlas a la mía, todavía con mi humeante café esperando a que me lo tomara. Eso sí, bastó una amabilísima mirada mía para que pidiera perdón y decidiera que estaría más a salvo en una mesa que en la barra.
Le tengo miedo a muchas cosas. A cosas serias y cosas que son tonterías. Como éste es un post de pamplinas, hablaremos de las tonterías. En el número uno de las que me dan miedo está la película El exorcista. No es un miedo de ay qué susto, no. Es un miedo cerval, totalmente irracional e histérico. Es curioso, porque en mis tiempos mozos leí el libro y llegué a ver la película unas cuantas veces. Es más, me divertía asustando a mi hermana pequeña (lo sé, soy una cabrona, pero entonces era joven e inocente) repitiendo alguna de las frases de la protagonista. Pero ahora no soporto ver imágenes de la película, algo más o menos controlable, pero tampoco puedo oír su música, y aquí viene el verdadero problema, porque ya alguna vez he abandonado un supermercado con un carrito a medio llenar por incluir el Tubullar Bells en su hilo musical. Así es que cuando el pasado sábado veíamos el telediario mientras comíamos y la señorita presentadora daba como noticia que se cumplían cuarenta años de tan celebrado disco, hice lo que suelo hacer en estos casos: taparme los oídos y maldecir hablar en voz alta para que no llegase a mí ni una nota. Sólo que esta vez tuvo un resultado inesperado: saltaron los plomos y se fue la luz de toda la casa. Beaumont, desde entonces, me mira raro.
En la última semana hemos estrenado ascensor y horno. Sí, es una tontería (la tercera), pero lo hemos celebrado como dior manda: el ascensor con alborozo y saltos de alegría, nosotros y el repartidor del supermercado, y, sobre todo, no volviendo a poner un pie en un peldaño de las escaleras. El horno, como se merece, es decir, con un delicioso bizcocho de chocolate que nos está sabiendo más rico que nunca.












