Después del fracaso del año pasado con Hopper (fracaso mío, claro, que don Edward era un genio) en el que un virus malérrimo consiguió que sólo pusiera una entrada de su calendario, y atendiendo a la aclamación popular (al menos una persona lo ha pedido), vamos a continuar este año con las entregas mensuales de libros, películas y series aprovechando el nuevo calendario que ha caído en ca’Ampharo. Como todas las navidades, es un dilema enfrentarse al expositor de almanaque para decidir cuál es el que se viene a casa, pero este año fue un flechazo instantáneo. Y aquí tenéis la primera imagen, una ilustración de mi adoradísimo Alphonse Mucha, al que conocí en uno de mis viajes a Barcelona hace como cinco veranos, en una exposición de carteles modernistas en el MNAC, y del que me terminé de enamorar al año siguiente en Madrid, en una muestra sobre él que hizo el Caixaforum. Ya algunas veces, alguna obra suya ha ilustrado un post en esta humilde bitácora: pues bien, ahora tenemos un año completo por delante para ir desgranándolo mes a mes con su obra.
La de este mes es Verano (tengo que mirarlo, pero el calendario debe imprimirse en algún lugar del cono sur, porque si no, no lo entiendo), correspondiente a la serie de Las Estaciones. Mucha era muy dado a hacer series de un mismo tema, como supongo que ya veremos a lo largo de los meses (digo supongo porque no he visto más que la página correspondiente a este mes. Quiero ir descubriéndolo poco a poco). Ya os iré contando más cosas del autor y de su obra.
Enero, por lo demás, podría llamarse también mes Sherlock Holmes, porque mis ratos libres los estoy dedicando prácticamente a él, en múltiples formatos.
Hasta ahora había sido un personaje que me había caído bien, aunque no le había prestado demasiada atención. Sí que había visto alguna película (mi Sherlock favorito hasta ahora había sido Basil Rathbone), pero no había ido más allá. Y de pronto, el año pasado, gracias a mi sobrino, descubrimos la serie de la BBC, una trasposición del universo del detective a nuestros días. En fin, que nos enganchamos a ella y, como ya he explicado otras veces, vimos cada uno de los tres capítulos varias veces en espera de que se estrenara la segunda temporada.
Y eso ocurrió el día de año nuevo. Y claro, por la magia de la navidad, el día dos, después de la resaca, ya tenía en mi disco duro el capítulo con sus correspondientes subtítulos. A día de hoy, esa magia navideña ha seguido funcionando y el pasado lunes nos vimos -todavía calentito- el último episodio.
Entre uno y otros, también se estrenó la segunda película sobre el detective de Guy Ritchie. Habíamos visto la primera, nos pareció entretenida (a Beaumont le pareció entretenida. Yo disfruté de lo lindo viendo a Jude Law y a Robert Downey Jr.. Debilidades que tiene una…). Así que nos fuimos al cine a ver esta segunda parte. Igual de entretenida y el mismo disfrute.
Y ya, como me sabía a poco, y no había leído ninguna de las novelas ni de los relatos, pensé que estaría bien enfrentarse al siguiente capítulo de la serie (el pensamiento me llegó antes de que emitiesen el segundo) conociendo lo que Conan Doyle había imaginado para ese sabueso de los Baskerville y ver cómo los guionistas se las ingeniaban para adaptar la historia a nuestros días. Claro que me leí El Sabueso y dos o tres relatos más. Lo mismo que me pasó cuando supe que el tercero sería sobre las cataratas de Reichenbach, que cayó ese y los cinco siguientes… No os preocupéis: ya me he castigado a no volver a coger el Todo Sherlock hasta que no me termine el libro que tengo entre manos, que voy a tardar más en acabármelo que Hans Castorp en salir del Sanatorio Internacional Berghof. Que me conozco.











