Cucurrucucú

22a

Cerca del cafetal hay un solar enorme. Parte de ese solar lo es desde hace unos ocho años. La otra parte, desde al menos veinte. Dicen las malas lenguas que allí van a hacer un cafetal gigantesco, bonitísimo, un edificio de esos modernos y funcionales, llenos de luz y de color, oh-oh-oh, pero, hasta ahora, para lo único que han dado los caudales ha sido para ponerle una valla alrededor, una valla nueva, entiéndase, este mismo año, que la que había se caía a trozos (literalmente) y por ella se salían los matojos y las ratas y se colaban los pobres y la gente de mal vivir. Vamos, un horror.

En fin, que la valla nueva (a falta de edificio molón. Que si no se hizo cuando las vacas criaban lorzas y atábamos a los chuchos con morcillas de Burgos, ya me diréis ahora) rodea todo el perímetro del cafetal en potencia: un murete hasta media pierna y una valla metálica de malla muy, pero que muy chiquitica superando la altura de Tkachenko. Ese perímetro, en la cara norte, hace una pequeña esquina, un quiebro que deja la acera un poco más ancha. Allí, mientras estaba la anterior valla, unas señoras alimentaban a las tres gatas gordas que habitaban en el solar: las gatas aguardaban cada día la llegada de las mujeres, que les ponían la comida y esperaban a que terminaran para poder recoger las sobras  y dejar el lugar tan limpio  como lo encontraron (¡já!). Claro que no sólo se arrimaban las gatas al lugar: las palomas también se concentraban por el lugar alrededor de la hora a la que las mujeres repartían los whiskas, por si acaso se escapara alguna croquetilla de pienso de la ingesta felina o de la posterior limpieza humana.

Entre lo que tardó la obra de colocación de la empalizada y que las gatas han debido buscarse otro alojamiento ante la imposibilidad de acceder al loft que tenían montado en el solar (no demasiado lejos, que todavía se las ve merodeando por allí de vez en cuando), esa la sociedad alimenticia-benefactora debió disolverse, pero debieron olvidar comunicárselo a una de las partes: las palomas siguen apareciendo cada mañana, impertérritas. Si hace levante se refugian al amparo del murete, en ese rinconcillo que hace el quiebro, donde se acurrucan con el cuello encogido y las plumas infladas. Pero si no hace viento y hace sol, se colocan encima de la valla. En fila, una detrás de otra. Observando. Vigilando. Cara al sol.

No os he dicho que cuando voy a desayunar rodeo todo el perímetro del pre-cafetal. Cuando están ahí arriba, como cuervos o buitres esperando una presa, dan miedo. Mucho miedo.

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