Caracoles

caracol-con-sombrero

Día lluvioso en Cádiz. Lluvia constante y sin viento, aunque parezca mentira por estos lares… Así ha sido hasta más o menos las nueve y media de la mañana, cuando se ha montado un pandemónium de agua y viento que aquí hubiera querido ver yo a George Clooney y a su tormenta perfecta (o a George Clooney sin tormenta, que tampoco hubiese estado mal). En la balconada del cafetal más cercana al mar parecía que hubiera un tipo fuera empeñado en tirarnos cubos y cubos de agua con la fuerza de un titán, los chiquillos del instituto vecino, que debían tener una visita extraescolar, gritaban saltando sobre los charcos, agarrando paraguas y capuchas, mientras intentaban mantener una fila que no tenía ningún sentido en aquel temporal.

Por fin han amainado, viento y agua, y me he decidido a salir en busca de un café que siguiera manteniéndome con los ojos abiertos. Ya os he contado en alguna ocasión que cerca del cafetal hay un solar tomado por la maleza y rodeado de una malla metálica robusta y alta. Cuando me iba acercando me ha llamado la atención un señor, de gabardina y sombrero, con una bolsa de plástico en la mano que se iba agachando cada pocos pasos pegado a dicha valla, tocando el medio murete que la sostiene. Malditas dioptrías, he pensado, por hacerme gracia, que el señor cogía caracoles, riéndome del triste plato que le iba a salir con los dos o tres caracolillos que imaginaba serían su cosecha.

Pero al llegar yo al pie del solar, el hombre había seguido su camino que yo he tomado en sentido contrario. En el murete sí, caracoles, pero en la parte interior de la valla. El buen samaritano se había entretenido en arrancarlos de la parte exterior de la pared y dejarlos, a buen recaudo de nuevo por dentro, en la confianza de que éstos tuvieran el buen sentido de cambiar su tour bajo la lluvia y volvieran a la maleza.

Durante mi desayuno, leo Brújula, que estoy terminando. Mathias Enard recuerda a san Macario, el ermitaño que, ya anciano, mató una pulga con la palma de la mano, cosa que lo entristeció tanto que, para castigarse, permaneció desnudo durante seis meses en un erial hasta ser una pura llaga. Yo pienso en el espontáneo salva-caracoles, sobre todo, cuando volviendo al cafetal, veo de nuevo el muro lleno de decenas de caracoles… por la parte de fuera.

La ilustración, de aquí.

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