Historias de peluquería

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Ayer tocó ceremonial de peluquería. Hace unos años David Vergés cambió mi larga melena morena por un pelo corto rubísimo, y desde principios del año pasado lo llevo prácticamente blanco. Y digo prácticamente porque ese es el color que quiero conseguir y, aunque se acerca bastante, no me parece lo suficiente.

En fin, que como el tema necesita mantenimiento, la semana pasada tocó sesión. En una peluquería a la que no había ido nunca. Casi al lado de mi casa. Lo que se llama una peluquería de barrio. Lo que viene siendo una experiencia, vamos. Que llego yo con mi libro de Cortázar y con una seria aversión a socializar y allí todas las señoras se conocen, se preguntan por la familia, por los vecinos, en un parloteo sin fin que hace totalmente innecesario un hilo musical. De hecho no lo había.

Hablan entre ellas. Yo me camuflo entre don Julio y el apalabrados del móvil. Llevo una especie de casco de un producto pegajoso y celeste pegado a la cabeza. Leo, básicamente leo lo que puedo. Llega una señora con su hija, una chica de casi veintidós años. Se queda sentada y callada y tampoco participa de la conversación colectiva. Hasta que llega su momento estelar: alguien le pregunta cómo fue la graduación de la muchacha y entonces ella se convierte en un remedo de Paco León imitando a Raquel Revuelta pero sin pizca de gracia. Desde ese momento, la conversación deja de ser colectiva para convertirse en un monólogo absoluto que sólo admite algún que otro asentimiento afirmativo o exclamación positiva. Un par de señoras que cuchichean entre ellas y yo conseguimos evadirnos de su área de incidencia. Pero canto victoria demasiado pronto: el lugar que ha elegido para su soliloquio le da una visión privilegiada de mi cogote, y ese azul pálido ha debido llamar su atención, porque le dice a la peluquera Yo a esa muchacha la conozco del autobús, para inmediatamente dirigirse a mí y espetarme un ¿A que sí? del que es difícil zafarse.

Le contesto con el sí más seco que me sale, como dando por finalizada la conversación. Pero la que no se va a dar por vencida es ella: está dispuesta a pegar la hebra y cuenta con armas para ello. ¡Tienes el pelo blanco! Pero tú llevabas antes el pelo negro, ¿tú que eres, morena? ¿Y te pones el pelo blanco porque te gusta? Después de tres lacónicos síes, agarro el móvil de nuevo, pretendiendo que, al cortar el contacto visual, se corte también ese monólogo de besuga. ¡Reto conseguido! Por ahora, eso sí. La interfecta arremete ahora contra la peluquera, que no tiene escapatoria posible al estar enganchada al secador y a la melena de otra clienta.

Toca el turno de quitarme el mejunje de la cabeza. La sujeta acude al olor del decolorante y de mi miedo, que me sé acorralada ahora contra el lavacabezas, más cuando la otra peluquera se afana en dejar limpio y reluciente mi pelo Tú trabajas cerca de donde trabajo yo, ¿no? ¿Y llevas mucho tiempo? Entonces para llegar al cafetal desde el autobús tienes que cruzar la avenida ¿no cruzarás por medio, no? Tienes que cruzar por el semáforo. Os juro por la gloria de Cotón que he transcrito la frase tal cual. Así, a bocajarro. Se me empezó a hinchar un poco la vena del cuello. Vale, también era por la postura mientras me lavaban el pelo, pero más que nada porque la señora hacía rato que había rebasado la línea de mi paciencia y aun así parecía que la de su mala educación y chafarderismo quedaba bastante lejos. Uy, yo cruzo por donde me pilla. Eso sí, tú puedes cruzar por donde te dé la gana. Reconozco que quizá la frase no fue muy acertada ni lo suficientemente lacerante, pero la mirada, hijos míos, ésa sí puedo deciros que fue LA mirada. Sonó llamada a retreta, la susodicha se dio media vuelta y se fue a darle la tabarra de nuevo a la peluquera titular.

Nada, en un par de meses me toca volver. Sólo espero que las saneadas puntas de su melena no necesiten un corte el mismo día que vaya yo.

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