De vuelta

dribbble

Bueno, se acabaron las vacaciones. Dos días trabajando que llevo y ya me llegan las ojeras otra vez a la barbilla.

En fin, han sido unas vacaciones extrañas, quizá las más extrañas que recuerde. Las suelo coger cuando ya casi todo el mundo ha vuelto de las suyas, pero este año han sido unos cuantos días más tarde y eso se nota. También han sido extrañas porque Beaumont decidió ser el primer catalán en independizarse (no temáis, tema laboral exclusivamente) y la niña de mis ojos empezó el curso, así que las he pasado prácticamente sola. Además, mi puto móvil tuvo a bien morirse a los dos días de empezarlas. Cuando lo llevé  a que me lo arreglaran, el señor de la tienda del triangulito verde me dijo que aprovechara, que es una suerte estar desconectada. Le dije que si tanta suerte le parecía, que me prestara el suyo hasta que me arreglaran el mío. No coló. Encontré por casa uno que funcionaba: un Nokia-Nokiae con los números romanos que por no tener no tiene ni bluetooth. La niña de mis ojos, ante el peligro de explosión que empezaba a correr la vena de mi frente y sobre todo porque me pasé un fin de semana quejándome de mi mala suerte, rescató un teléfono de esos de la manzanita, pero de cuando la manzana era una simple florecilla sin polinizar y no estaba ni mordida, así que me he tirado prácticamente todo el mes dándole a los pedales del móvil. Porque sí, me llamaron para decirme que estaba arreglado el día antes de incorporarme al cafetal.

Así que sola, incomunicada (cuando me pongo puedo ser muy, pero que muy dramática) y sin atreverme a moverme mucho. Porque, veréis, fui a pasar un par de días con Beaumont a su nueva sede social y me hice un Wojtyla: nada más llegar, besé el suelo. Bueno, realmente no fue así. Ya llevaba allí un buen rato, salíamos de cenar y más que besarlo, me hinqué (tal cual) de rodillas en él. La diferencia entre el papaderroma y yo es que él se levantaba por su propio pie (y mira que ya tenía una edad, el hombre) y yo necesité de Beaumont y cuatro señoras para conseguir medio enderezarme. Juro que no lloré de pura vergüenza. Casi acabo con una rótula rota en Rota. Y rota no, pero ya veréis qué risas este invierno cuando empiece a llover y a hacer frío…

Así que sola, incomunicada, herida… Pero ¡y lo que me han cundido! He dormido. Mucho. Creo que me he puesto al día de todos los madrugones de todo el año. Bueno, de medio año. He cocinado cosas ricas ricas, probado nuevos platos. Lo malo es que, bueno, después de cocinarlos no los iba a tirar, ¿no? Vaya, que sí, que tengo el invierno para soltar este par de kilos que se me han pegado a las caderas. He leído. Mucho también. ¡Qué gustazo leer de noche, con toda la casa en silencio, y que te dé igual que sean las tres de la mañana y que el libro te tenga enganchadísima! Así han caído El país donde florece el limonero de Helena Artlee, libro preciosísimo donde los haya con el que he aprendido un montón sobre cítricos y que estoy deseando volver a leer. También cayeron Yo, Claudio y Claudio, el dios y su esposa Mesalina, de Robert Graves. Desde que vimos el verano pasado la serie (sí, aquélla de la BBC de finales de los 70), estaba deseando leerlas. Grandes días que he pasado con la pérfida Livia y el loco Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido por Calígula.

Así que sola, incomunicada, herida y, hum, digamos que rolliza, no he visto todo lo que quería ver y que tengo pendiente, pero algo sí que he avanzado. Vi la última temporada de The Knick, la magnífica serie de Steven Soderbergh que tenía que haber visto hace dos otoños. Como digo, serie magnífica que me parece que ha pasado demasiado desapercibida. Claro que no es para todos los estómagos. Por ejemplo, diré que, definitivamente, no es buena idea verla mientras cenas… De pelis, convencida por La niña de mis ojos, vimos La novia, estupendísima adaptación de la obra de García Lorca, El cementerio de las luciérnagas, de Estudio Ghibli, que me tuvo tres días con el corazón encogido, Coraline, preciosísima como ella sola, La torre oscura, que terminé de ver sólo porque el prota es Idris Elba, madremíademialma, ¡qué película tan mala! También Ex Machina: parece un capítulo de Black Mirror, sin que esto sea nada malo precisamente. Y por fin, ¡en cine en VOS en Cádiz!, Blade Runner 2049: la estoy mascando todavía, pero la sensación es buena, muy buena… ¡Qué caray, más que buena! Y hasta ahí puedo contar, sólo os diré que vayáis a verla, al cine, pantalla grande y a oscuras. Si tenéis además la suerte que tuvimos nosotros, que éramos cuatro (literalmente) en la sala, ya ni os cuento.

Pues nada, que ya he vuelto de las vacaciones. Hace dos días. Menos mal que ha llegado el fin de semana…

 

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