Las ciudades invisibles

Las ciudades sutiles. 4

La ciudad de Sofronia se compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el haz estrellado de sus cadenas, la rueda con sus jaulas giratorias, el pozo de la muerte con sus motociclistas cabeza abajo, la cúpula del circo con su racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades está fija, la otra es provisional y cuando ha terminado su tiempo de estadía, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad.

Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, deshacen los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y empieza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que la caravana regrese y la vida completa vuelva a empezar.

 

Hace un mes más o menos (los días corren como alma que lleva el diablo) leí Clásicos para la vida, la recopilación de una serie de artículos publicados por Nuccio Ordine que a su vez nacieron de un proyecto llevado a cabo en la Universidad de Calabria, donde es profesor de Literatura Italiana. Dichos artículos se apoyan, cada uno,  en un fragmento de una obra clásica de la literatura universal. Todos los artículos son maravillosos y, como pasa leyendo a Harold Bloom, te crea la imperiosa necesidad de leer cada libro que allí se nombra.

Pues bien, fue leer el correspondiente a Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y ya estaba yo comprándolo. Una vez en mis manos, confieso que me dio cierto reparo empezarlo, tan altas eran las expectativas que me había creado el señor Ordine y las referencias que había buscado en internet. Pero bendita la hora en que las vencí a todas: se trata de un libro bellísimo, sumamente poético, poco más de cien páginas en las que Calvino pone en la voz de Marco Polo la descripción de una serie de ciudades imaginarias que el viajero refiere a Kublai Kan. Todas las ciudades nacen de la imaginación de Polo, pero todas ellas son parte de las ciudades que ha conocido o conocerá. Todas tienen nombre de mujer.

Ya os digo que el libro es un puro disfrute, aunque creo que yo tenía un disfrute añadido: desde la primera descripción de la primera ciudad empezaron a venir a mi mente las preciosas y preciosistas ilustraciones de mi querido José Alberto López, sus colores, sus arquitecturas exquisitas. A cada nueva ciudad que visitaba de la mano de Calvino-Polo, lo hacía también del brazo de José Alberto, y uno complementaba al otro de manera tan sutil y bella que sé que la única manera de haber disfrutado más el libro hubiera sido teniendo una edición ilustrada por Jose.

P.D.: Hasta aquí tenía escrito y preparado para colgar un día de estos. No se me ocurre fecha mejor, sabiendo que hoy es su cumpleaños. ¡Por muchos años feliz, querido José Alberto!

 

 

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