Historias de cafetería #29

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Don Enrique desayuna todos los días en la misma cafetería que yo. Llega arrastrando los pies (no hace mucho que ha comenzado a arrastrarlos), con sus pasitos cortos y una bolsa de plástico en la mano. Acaba de comprar el periódico en el kiosco de la esquina y entra en el bar dando los buenos días a la dueña. De una mirada comprueba si su sitio está vacío. Si no es así, escudriña hasta que encuentra la mejor opción posible. Porque a don Enrique le gusta, en la cafetería, el mismo sitio que a mí: al fondo de la barra, casi detrás de la máquina del café. Es un sitio un poco más recogido, más tranquilo a pesar del ruido que hace el calentador de leche y el molinillo. Además, los expositores de tapas y dulces no le restan espacio a la barra y queda el suficiente para abrir un libro o desplegar un periódico. El rincón de los lectores, lo llama don Enrique. Cuando llega allí, instala su tenderete: saca el periódico de la bolsa, un bolígrafo de algún bolsillo, las pequeñas gafas de lectura de su funda… Mientras tanto, María ya le ha puesto, en una esquinita, un vaso de agua, el café con leche y la tostada. A las porciones de mantequilla y mermelada les ha quitado su tapita metálica, que a don Enrique lo del abre-fácil le cuesta. Él, con parsimonia de koala, va dando cuenta de todo ello: primero el agua, luego untar el pan, que corta a pequeños trozos de bocado para que nada le interrumpa la lectura. Así, va desayunando, al mismo tiempo que va leyendo el diario y haciendo algunas anotaciones en los márgenes. Algunas noticias las comenta para sí mismo, poniendo su voz de motor diésel en modo susurro.

Años de práctica le han dado la sincronización perfecta: el último bocado de pan corresponde al volteo de la última página del diario y éste, a su vez, al último sorbo de café. Don Enrique dobla meticulosamente el periódico, vuelve a meterlo en la bolsa de plástico, a la que hace un nudo, y le pide a María, la dueña, que se lo guarde hasta que vuelva de su paseo matutino.

Algunas veces me adelanto y cuando llega don Enrique a la cafetería estoy yo en el rincón de los lectores. Entonces, amablemente, le ofrezco cederle el sitio. Él, amablemente, declina la invitación y se arrellana en el taburete a mi lado. Comenta algo de mi lectura y comienza a instalar su tenderete: saca el periódico de la bolsa, un bolígrafo de algún bolsillo, las pequeñas gafas de lectura de su funda…

La imagen, de aquí

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Abuelos #2

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Las siete y media de la mañana de un día de invierno es una hora demasiado ingrata para salir a la calle. Pero es miércoles y no queda más remedio. Las características de este casi pueblo en el que vivo hace que sus habitantes tengan una manifiesta vocación andarina, así que, ya a esa hora, se pueden ver bastantes personas caminando: los que van a trabajar, los chicos de los institutos en pequeñas pandillas que hacen el camino más ameno… algunos padres arrastrando a pequeños hacia las aulas infantiles, paseantes de perros y simplemente paseantes, que cada uno tiene sus vicios…

Sin embargo, esta mañana sólo uno sobresalía entre todos los demás: un señor mayor, anciano. Bajito y chaparro, vestía chaqueta y corbata, como debe ser. Caminaba extraño, a pasitos cortos y casi en zigzag, con las manos cruzadas a la espalda, hasta que resultó que lo extraño de su andar era una imitación perfecta de la paloma a la que perseguía.

Hay gente que pone alpiste en los alcorques de los árboles de la calle principal, y esta paloma en cuestión debía estar esperando su ración diaria, por lo que, resignada a llevar a su espalda al perseguidor, se resistía a levantar el vuelo. Debió cansarse el viejito antes que el ave del juego, porque, levantando los brazos en una especie de jota espontánea, dio tres saltos a la pata coja y, al fin, consiguió espantar a la paloma.

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Resignación

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Puedes encabritarte como un caballo salvaje, decir palabrotas, maldecir al destino, pero a la hora de la verdad…tienes que resignarte.

Capitán Mike Clark, El curioso caso de Benjamin Button.

Recordé esta frase ayer, mientras esperaba en un bar a que me prepararan la comida que había encargado para llevar: comentaban, empleados y parroquianos, la muerte de algún vecino del barrio. Pobrecito, pobre de la mujer. La hija se tuvo que volver de Londres, que acababa de llegar la chiquilla… todos hablaban, todos tenían una opinión mientras yo fingía una partida de apalabrados en el móvil. Una señora a este lado de la barra sentenció Te pongas como te pongas, cuando viene a por ti, se acabó. Hubo un minuto de silencio espontáneo sólo interrumpido por la previa del partido en el plasma de cincuenta pulgadas.

Otra señora, a aquel lado de la barra y con un polo con el logotipo del bar, con la mirada perdida en algún lugar entre sus pensamientos, declaró Por eso yo nunca salgo de mi casa sin hacer las camas. Si me pasa algo malo y tiene que entrar alguien, por lo menos que se encuentre la casa recogía.

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Abuelos

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¡Qué bonita y tierna estampa es la de un abuelo cuidando a su nieto! ¡Paseándolo en su cochecito por el sol y canturreándole cancioncillas para entretenerlo!

Otra cosa es que la cancioncilla en cuestión sea ésta.

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La jungla polaca

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-Ellos no tienen colonias, Nana. No todos los países blancos las tienen. No todos los blancos son colonialistas. Tienes que saber que los blancos a menudo han sido colonialistas respecto de otros blancos.

 

Sus palabras causaron gran conmoción. Los ancianos mostraron súbito interés; atónitos, chascaron la lengua ¡chas, chas, chas! Tiempo atrás me sorprendía yo de que se sorprendieran ellos. Pero ya no. Detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Que blanco significa más importante? Al menos, hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta.

La jungla polaca, Ryszard Kapuscinski. Ed. Anagrama, pag. 191

 

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Tic Tac

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Lo reconozco, soy una maniática. Una maniática de cuidado. Y creo que la edad va agudizándolo. Beaumont, mi fiancé (escuché esta palabra en una serie y mencantó, así que la meto con calzador aquí) habla ya directamente de mi TOC, como si fuera un gato más de los que habitan con nosotros. Él lo dice porque siempre elijo el mismo tipo de vaso para beber agua, a pesar de que en casa hay al menos cinco tipos de vasos distintos. O porque siempre siempre, y vaya a cortar lo que vaya a cortar, utilizo el mismo cuchillo, mi espada de samurái, da igual que él comprara un par de juegos, yo no los toco ni con un palo. O porque cuando tomo té (todos los días, al menos un par de veces), utilizo el mismo filtro para infusionarlo. Tenemos unos cuantos, de diferentes modelos, pero si voy a tomar un té de los míos (verde con menta), es la pinza con forma de cucharilla. Sólo ese. Da igual que el único que me quedaba de esa clase se hubiese roto. Remendado y todo, era el único que utilizaba hasta que, por fin, encontré online alguien que vendía los mismos (si tomo un chai o un earl grey, utilizo la pinza de bola).

Éstos son sólo unos cuantos ejemplos, unas cuantas manías sin importancia que no se elevan a TOC. Todas tienen su razón de ser, faltaría más, y seguramente, si hiciera falta, mucha mucha (mucha) falta, casi podría prescindir de ellas perfectamente.

Pero hay otra pequeña manía de la que no puedo prescindir. Creo que la llevo grabada a fuego en algún lugar entre las tripas. El tema es que, cuando escribo a mano, el resultado debe ser limpio e impoluto. No digo el contenido. Digo que los márgenes tienen que estar perfectos y las sangrías también. Que las líneas deben ser totalmente rectas, por eso prefiero escribir en papel pautado. Pero de cuadritos, ojo, que las líneas horizontales me ponen muy nerviosa (de pequeñita no podía soportar los cuadernos de dos líneas. Lo más eran los milimetrados, ésos sí que molaban). Hablando de pequeñita, preguntadle a mi hermana mayor cuántas veces tuvo que ir, en el colegio, a buscarme a la clase en la que quedaba yo sola porque no había terminado la caligrafía, en mi afán borrador si alguna letra se me había salido del cuadrito.

En fin, que es cierto que, prácticamente, ya sólo escribo a mano en el trabajo (¡lástima!). Allí tengo una libreta tamaño folio, con pastas duras y papel cuadriculado. Cada mañana pongo la fecha del día, que remarco a rotulador. Me sirve para anotar recados, llamadas, teléfonos, direcciones… en fin, cosas de cafetales. Todo lo anotado es perfectamente entendible, todo está ordenado, no empiezo ninguna página más arriba que otra, no anoto ningún dato más a la izquierda que el de arriba. He llegado a arrancar alguna página si la he empezado con mal pie. De hecho, guardo todas las libretas que he escrito en el tiempo que llevo en el cafetal, y más de una vez, alguna antigua me ha salvado el culo, o al menos, el tener que pasar horas buscando algún dato por otro sitio.

La persona que trabaja conmigo contando cápsulas de café también tiene su libreta, claro, pero digamos que ella es un tanto más anárquica a la hora de utilizarla. Básicamente, yo podría descifrar la Piedra de Rosseta o el Código Hammurabi antes que cualquiera de las hojas que ella ha garrapateado, y no lo digo porque su letra sea ilegible. Es más por ese temblor en el ojo que me entra al ver palabras amontonadas, cambios de colores, rayas y tachones.

De lo de la libreta que llevamos a medias, mejor os cuento otro día.

 

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Cafetal #7

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Recién llegada al cafetal después de las vacaciones, estrenaba las tardes de tostar café tras el horario intensivo del verano con más sueño que voluntad. Para los que no conocéis el cafetal os diré que es un edificio pequeño, cuadrado, de dos plantas y rodeado por una valla horrorosa. Entre ésta y el edificio, algunos árboles. Está situado en la avenida que cruza este pueblo, justo en la parte en la que la acera se hace más ancha, así que en la cara este del cafetal se unen los árboles del jardincillo con los de la propia avenida. Bajo éstos, unos bancos de obra, donde los transeúntes descansan de sus paseos o los chicos del instituto cercano apuran el bocadillo en los recreos.

Pero esa tarde de bienvenida a la temporada otoño-invierno no eran adolescentes los que acampaban en los bancos. A través de la galería del primer piso llamó mi atención un joven sentado. Frente a él, en una silla de ruedas, una anciana muy anciana, con su pelo blanquísimo y un bambito fresco y de colores brillantes. Me quedé observándolos porque la abuela reía y reía, abriendo mucho la boca desdentada y echando la cabeza hacia atrás en una carcajada que para mí era sorda pero que intuía con sonido de cascabel, mientras el chico le iba haciendo cucamonas, le tocaba las palmas en lo que quise suponer un cante, y le hacía carantoñas acariciándole la cara. En un momento de respiro, el chico le besó la frente. Fue sólo un momento el que los estuve mirando, el tiempo de cruzar la galería, quizá un poco más, un par de minutos que me quedé embobada… Las mejores cosas del cafetal siempre pasan fuera.

El fotograma es de la película The way home.

 

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Ampharou’s library: series que sí

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A ver, vamos al lío, que se nos termina el verano y no hemos hecho nada… Toca el turno de las series que he visto en estos últimos (muchos) meses y que sí que me han gustado. Series de ésas que estás deseando que vea alguien más para comentar las mejores jugadas, para discutirlas, para adorarlas y sobrevalorarlas hasta la próxima que veas. Series que os animo a que veáis, esperando que os hagan pasar los buenos ratos que he pasado yo.

En cuanto a series con más de una temporada emitidas, vimos la última de Mad Men. Con lágrimas en los ojos por la despedida. Porque qué despedida, señores. De ésas que te dejan con una sonrisa en la boca y pensando Lo habéis vuelto a hacer, cabrones. Don Draper estará ya, por siempre jamás, en el cielo de los grandísimos personajes. Si fuisteis de los que os desinflasteis en el segundo capítulo de la primera temporada, haceos un favor: vedla.

Por seguir con Jon Hamm, vimos también el especial de Navidad (en Navidad, claro. ¿Veis que os digo que hace mucho tiempo que no os hablo de mis series?) de Black Mirror, donde tiene un papel protagonista (sí, se me hace raro verlo fuera de su trasunto). Sólo un capítulo, pero ni por ser Navidad tienen piedad con sus fieles seguidores. Tan desasosegante como las dos temporadas emitidas.

También le dimos su tiempo al señor Underwood, en la tercera de House of cards. Retorcido como el cuerno de una cabra, ése es el resumen (sin spoilers), o más bien la definición de los caracteres de Mr. President y señora. Esperando la cuarta. Y la sexta de Juego de Tronos, que la quinta nos la bebimos, como siempre. Nada que comentar.

Segunda temporada de Penny Dreadful. Siguen conviviendo todos los monstruos, todos juntos y cada uno con los suyos particulares, aunque dejamos a los vampiros de la primera y nos metemos de boca en el mundo de las brujas. Eva Green sigue estando exquisita. En todos los sentidos (además, en esta serie no lleva los ojos maquillados como un mapache, como insiste en tooodas las alfombras rojas por las que luce palmito).

De The fall nos vimos sin respirar las dos temporadas que están emitidas (a la espera de una tercera). Gillian Anderson borda todos los papeles en los que tenga que poner cara de asco todo el rato. La enésima serie sobre asesinos en serie, aunque esta vez el asesino no es un misterio… o lo es tanto como quien lo investiga. En fin, no está mal. Tiene su toque british, que de vez en cuando es un remanso entre tanta producción americana. Además, las fanes del señor Grey (Christian. Las de Dorian, diríjanse al párrafo anterior) estarán contentas de encontrar aquí al objeto de sus sueños más húmedos.

Y para toque british, el de Vicious, o el mano a mano de Ian McKellen y Dereck Jacobi más loco que podáis imaginar. Una especie de Los Roper con pluma. Divertida, por momentos bestia (hay una frase en esta temporada que, cada vez que la recuerdo, no puedo parar de reír), por momentos tierna. Para pasar unos ratos (muy)  divertidos.

Y al otro extremo del ring, Hannibal, con su (cada vez más) preciosista puesta en escena. Una serie con un tema como ése, y que se recrea en detalles como una taza que se hace añicos contra el suelo, con una música que no podría ser otra. Tercera temporada de silencios y miradas. Los que quieran que se lo den todo mascadito (y no, no es un juego de palabras), que vean Aquí no hay quien viva o Menudo es mi padre. Una delicia que hasta los estómagos más delicados deberían hacer por ver.

De la tercera de Ray Donovan llevamos pocos capítulos, pero progresa adecuadamente. John Voight sigue siendo tan hostiable (su personaje, quiero decir) como en las dos primeras temporadas, aunque sobre sus hombros descanse buena parte de la trama. El señor del apellido impronunciable, Liev Schreiber, al que por razones que no vienen al cuento llamamos Kaíto Ya, es la definición hecha persona de los conceptos contención y aplomo. En fin, mi serie favorita del momento.

Y acabamos de terminar la segunda temporada de True Detective. Si todavía no la habéis visto y vais a hacerlo, por favor, lo primero, olvidad la primera. Lo segundo, no leáis nada sobre ella. Es la única forma de no crearse expectativas que puedan ser superadas o a las que no se lleguen ni subiéndose a un cajón. Y como os he dicho que no leáis nada, hasta aquí llegó el comentario.

En cuanto a novedades, la más grande, la más impresionante y la más importante, Better call Saul!. Confieso que me acerqué a ella con bastante reparo, escaldada por el agua fría de los spin off, y que al primer capítulo ese resquemor se había ido a por tabaco, al tercero estaba encantada y al sexto caí postrada de rodillas ante Saul, Mike, Vincent Gilligan y la madre que los parió a los tres. Y ahí sigo, esperando la segunda temporada.

Otra grande, American Crime. Acabamos de terminarla. Nos ha costado trabajo. La hemos ido posponiendo, hemos ido empezando (y acabando) otras antes de seguir con ella. Es grande, sí, pero también tremendamente dura. Por lo que cuenta y por como lo cuenta. Lo que cuenta no os lo voy a decir, allá vosotros si os vais a google a buscarlo. Pero lo cuenta abusando de los primeros planos, poniendo al espectador en una situación tan incómoda como es la de estar pegado a la cara de alguien, sobre todo cuando ese alguien está callado y tratando de asimilar algo que tiene atravesado en la garganta. En una situación tan incómoda como por la que están pasando esos personajes. Palos, severos palos a todos los estamentos de la sociedad, en este caso, la norteamericana, pero ya sabéis aquello de que tire la primera piedra tal y cual. Para pedir un trocito de piel prestado y ponerse en él.

The Affair nos mantuvo en vilo también unas cuantas semanas. Partía de la base de que me gusta Dominic West se ponga como se ponga, y si se pone en plan McNullty, mejor todavía. Pero el mayor atractivo de la serie es que se trata de una misma historia contada desde dos puntos de vista, por dos personas diferentes. Y eso da mucho juego, como de buscar las siete diferencias, que va enganchando poquito a poco, más si terminan la temporada dejándote colgado del alfeizar de la ventana por la que estás espiando esa historia. En fin, que sí, que estamos deseando que empiece la segunda..

Para estómagos fuertes también es The Knick. Ambientada en mil novecientos, en un hospital, cuando los médicos tenían más de sacamuelas que otra cosa, aunque los pobres lo intentaban. Y todos esos intentos los muestra la serie en primerísimos planos, sin privarse de nada. Pero de nada, nada. Eso sí, tenedla en cuenta. La firma Soderbergh y la protagoniza Clive Owen.

También vimos The Honourable Woman. Aquí la base es que no me gusta Maggie Gyllenhaal. Ni un pelo. Su hermano sí. Mucho además. En fin, que la serie se me hizo un poco pesada. No la metí en el post anterior porque tampoco es de las de huid, huid, malditos, pero os aseguro que, así como hay otras que no me importaría volver a ver, con ésta no me vais a pillar en ese renuncio.

La que sí me resultó deliciosa fue Johnathan Strange & Mr. Norrell. Producción británica, de nuevo, lo que normalmente se traduce en producción cuidada hasta la extenuación, como es el caso. Está basada en una novela de Susanna Clarke (a la que quizá le dé una oportunidad) en la que un mago quiere recuperar la magia inglesa. No, no es Harry Potter, aunque quizá a vuestros adolescentes (si tenéis alguno), también les gustaría. Todos sabemos el poder de seducción que tiene la magia, sobre todo a esas edades.

Y ahora estamos con Mr. Robot (bueno, y con Hannibal y Ray Donovan, así de pejigueras somos). Mr. Robot ha sido el descubrimiento de la temporada. Primero, por su protagonista, que a mí me recuerda terriblemente a mi adorado Michael Shannon. Segundo, por la trama, que todavía (y a falta de muy pocos capítulos) no tengo muy claro de dónde situarla. Engancha desde el primer capítulo y leo por ahí que es the must de los estrenos del año. Ya os iré contando…

Arfgh, y hasta aquí las series. No os quejéis por el ladrillo, tomaos vuestro tiempo, pero mejor que en leerme, tomaos el tiempo de ver buenas series.

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Ampharou’s library: series

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A ver, no os amontonéis. Ya sé que son muchas, pero es que hace eones que no os comentaba ninguna. Que no os quiero abrumar, sólo comentaros qué me han parecido a mí series que he ido viendo en todo este tiempo, o que veo ahora mismo, por si os sirve un poco de guía, ahora que el veranito y las vacaciones os dejarán más tiempo libre (o no), o para que las tengáis en cuenta de cara al otoño-invierno, cuando apetece más quedarse en casa acurrucados.

En fin, que vamos al lío. No os iba a hablar de ninguna de las que ya lo hubiese hecho, a menos que fuera para comentar una nueva temporada. La única excepción que va a confirmar esta regla es Broadwalk Empire: ya finalizó, la fuimos viendo al día, todas sus temporadas. Cada vez que acababa una le veíamos menos sentido a que tuviera continuidad, pero las siguientes nos seguían encantando. Steve Buscemi me ha enamorado absolutamente en esta serie. Y la serie, que ya me tenía rendidita a sus pies terminó no con el regusto amargo de todas las cosas que te gustan y acaban, sino con el gustazo de haber contemplado el mejor final de serie que, yo al menos, haya visto nunca. Ahí lo dejo.

Comentada la excepción, sigamos con el resto. Y para aligerar un poco (no que yo tenga prisa, digo para hacerlo menos pesado), empezaremos con las que podéis obviar. O ver, por supuesto, pero bajo vuestra absoluta responsabilidad y pendientes de un Ya te lo dije como os quejéis.

La última temporada de American Horror Story es lo más parecido que conozco a un pollo sin cabeza: corre y corre sin saber a dónde va. Aquí ya ni la esforzada Jessica Lange consigue salvar los trastos. ¿Sabéis esa sensación de ir viendo capítulos y cada vez que acaba uno decir ¿Qué c*j*nes hago yo viendo esto? Pues con la misma me ventilé la temporada enterita.

Gotham y Wayward Pines. Con éstas no tuvimos tanta paciencia y dejamos de verlas a los pocos capítulos de empezar. La primera porque, aunque la ambientación y la idea parecían atractivas, no terminaba de arrancar. Además, el protagonista no ayuda mucho. Puede que sea un actor de método, pero a mí me parece que lo que tiene ganas es de morirse. Igual es que es un magistral actor y yo no lo he comprendido, y esa desgana es parte del personaje, pero ya te lo digo, es también muy contagiosa y cada capítulo da más pereza que el anterior. Con Wayward Pines, de Shyamalan (din don), la sensación fue la de tomadura de pelo. Es como mi gato, que con trece años que tiene ya (la senectud gatuna), de vez en cuando todavía juega a pillarse la cola, dando vueltas y vueltas sin ningún sentido. Que una serie tenga como única expectativa la de seguir viéndola a ver si de una puñetera vez pasa algo o podemos enterarnos de qué va, hace que la cancelemos a los dos capítulos y medio.

Otra que os podéis saltar perfectamente es Top of the Lake. Aunque os parezca atractiva al principio. Aunque la historia tenga enjundia y la dosis justa de misterio. Al final os vais a arrepentir, os lo digo yo. Si aun así no me hacéis caso, al menos disfrutad del paisaje.

Por hoy vamos a dejarlo aquí, que tampoco es plan de que os desmayéis de puro aburrimiento. Ya he terminado con las que no molaron, así que quedáis emplazados para la segunda entrega de Las series de casi un año. Prometo no tardar tanto.

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Pantera Rosa

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Debía tener yo unos cuatro años. Hasta entonces había vivido en una especie de asilvestramiento al que le quedaba muy poco. Una tarde, de vuelta de casa de mi abuela, o de jugar en la Plaza Candelaria, pasando por la calle Sacramento entramos en Óptica Iglesias, o Casa Iglesias, como creo que se llamaba entonces. Había que comprar una maleta para mi inminente entrada en el colegio. Creo que la elegí yo: estaba colgada en la pared, una cartera de plástico azul, con su cremallera y su asa beig. En la parte delantera, dos bolsillos transparentes dejaban ver un auténtico tesoro: un pequeño cuaderno, cuadrado, para colorear, y una caja pequeñita de lápices Alpino.

Al llegar a casa, mi madre, rigurosa, no me dejó tocar la cartera. Es para el cole, dijo, temiendo que no llegara viva a su fin. Lo que sí me dio, porque, evidentemente, al colegio no se lleva nada que pueda distraer a los infantes y sería utilizado exclusivamente en casa, fue el cuaderno de colorear y los lápices. Yo, que hasta entonces había vivido feliz, tuve mi primera decepción: el cuaderno era de los típicos, páginas interiores llenas de ilustraciones, el modelo coloreado en una y la silueta por colorear en la contrapuesta. El problema estaba en las que hacían de portada y contraportada. En la primera, un pez con el cuerpo redondo de color amarillo fluorescente y las aletas azules; en la última, el mismo pez en blanco y negro que yo debía colorear. Y ahí se puso de manifiesto mi TOC: yo no tenía el color amarillo fluorescente. En la caja de Alpinos de la maleta sólo venía un amarillo pollo. En los que ya tenía de antes, sólo encontraba un amarillo limón. Intenté sacar el color del modelo apretando mucho el lápiz contra el papel, pero no conseguía que fuera el mismo. ¡Lo feliz que hubiese sido teniendo un marcador amarillo!, pero entonces no conocía yo esa tecnología de vanguardia. Así que ya tenía al pobre pez a medio pintar, sólo con las diversas pruebas de los distintos lápices. Lo había estropeado, así que deseché el cuaderno sin preocuparme siquiera de colorear las páginas interiores.

A los pocos días empezó el colegio. Me dejaron en una clase donde había niñas que lloraban sin que yo lograra entender por qué. Era mi primer curso, en párvulos, y claro, había otras chiquillas que ya habían estado el año anterior en maternales y ya estaban más espabiladas que yo en las lides colegiales. Se les notaba, por ejemplo, en que te soltaban su nombre completo, con el nombre y los dos apellidos. Una de ellas, al presentarnos, me dijo ¿No te da miedo? No lo comprendí hasta años después, cuando caí en la cuenta de que su segundo apellido coincidía con el de un señor vagabundo que aterrorizaba arrojando piedras a la chiquillería que, inocentemente, se metía con él.

Ese primer día, por supuesto, pude estrenar mi cartera azul. A la hora del recreo, cargué con ella al patio, desconfiada de perderla de vista y porque, a falta de nada más que llevar, mi madre había puesto en ella mi desayuno: un pastelito Pantera Rosa, que es el pecado calórico más delicioso que pueda imaginar. Alargar el placer de comerlo empezando por la cobertura rosa a pequeños pellizcos, para terminar comiendo el bizcocho relleno de crema y relamiendo lo que hubiese podido quedar pegado al envoltorio…

Todo este ladrillo viene a cuenta de que, días pasados, al ir a meter una botella de agua en el pequeño frigo que tenemos en el cafetal, me encontré un paquete de panterasrrosas… y todo esto salió de algún rincón de la memoria, como si esos pastelitos fueran la magdalena de Proust o el ratatouille de Anton Ego.

 

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